23 marzo 2026

Hablando a la pared - Carne que crece no puede parar

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El otro día estaba con una amiga y, hablando de los adolescentes, me recordó un refrán aragonés que solía decir su abuela: “carne que crece no puede parar”. A los meses de nacer un bebé nos pegamos un año enseñándole a andar y, una vez ha aprendido, les obligamos a que estén sentados en una silla.

Como con tantas contradicciones, seguimos teniendo a nuestros niños y niñas (y adolescentes) sentados en sillas, obligándolos a permanecer así casi seis horas diarias, hasta tal punto que aquel que no puede parar (es decir, lo que sería lo normal según el refrán aragonés) se le etiqueta con una enfermedad, y por el contrario premiamos a aquellos que son capaces de estar sentados, quietos e incluso pasmados sin dar una gota de mal.

La polémica no es nueva, ya en el S. XVIII, Jean-Jacques Rousseau criticaba la enseñanza como quietud impuesta, proponía la actividad física en la naturaleza, el juego libre y aprender a través de la experiencia directa. Dos siglos después, John Dewey, filósofo y pedagogo, propuso el “aprender haciendo” donde criticaba la educación formal, alejada de la vida real. Por la misma época, pero en otro lado del mundo, aparece la revolucionaria María Montessori que consideraba el papel del movimiento como primordial para el desarrollo armónico de nuestros jóvenes.

Si nos vamos a la actualidad, la neurociencia nos da infinidad de datos que nos indican la importancia de moverse: el cerebro aprende moviéndose, porque así está cableado; la actividad física mejora funciones cognitivas superiores como la atención, el lenguaje, la memoria, la velocidad de procesamiento y el pensamiento; moverse aumenta el volumen del hipocampo y la densidad de vasos sanguíneos; el 60% de los jóvenes que fracasan en las escuelas lo hacen porque iniciaron sus aprendizajes escolares sin haber desarrollado correctamente el control de su movimiento, el conocimiento del espacio, la lateralización y la motricidad precisa (es decir, que no saben moverse).

Han pasado dos siglos desde Rousseau hasta nuestros días y no paramos de escuchar, ya no solo a pensadores, filósofos, pedagogos y psicólogos, también la ciencia nos lo dice constantemente: el movimiento es fundamental en el crecimiento de nuestros hijos. Entonces ¿por qué no se enseña danza cada día igual que se enseña a multiplicar? Y la respuesta incómoda es que el sistema escolar no nació para que los niños florezcan, sino para que sean útiles. El sistema fue diseñado en el siglo XIX para enseñar a trabajar, dando más importancia a los temas útiles para el empleo industrial que a lo que decía el pedagogo brasileño Paulo Freire: la enseñanza no consiste en transmitir conocimientos, sino en crear las bases para su construcción. Los estudiantes tienen que tener las condiciones adecuadas para descubrirse a sí mismos mediante la reflexión.

Estar sentado no es natural: la postura con las articulaciones a 90 grados no es compatible con la estructura de nuestros huesos, músculos y ligamentos. Thoreau, uno de los mayores pensadores de la historia de Estados Unidos, confesaba que necesitaba al menos cuatro horas caminando por los bosques y colinas para conservar la salud y el espíritu. Incluso Nietzsche llegó a decir “siéntate lo menos posible; no creas ninguna idea que no haya nacido al aire libre y en movimiento libre. Todos los prejuicios vienen de las entrañas. Estar sentado quieto es el verdadero pecado contra el Espíritu Santo." 

Y sin embargo, después de todas estas teorías, propuestas, estudios e incluso la sabiduría popular seguimos ahí, premiando a los que están quietos, alabándolos y poniéndolos como ejemplo y condenando, criticando e incluso medicando a aquellos que solo quieren hacer aquello para lo que la naturaleza les ha creado: moverse.