26 agosto 2026

Hablando a la pared - El dinero no da la felididad, pero ¿ayuda?

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Hay personas a las que los números nos dan seguridad. Es comprensible: 1+1=2 y punto, esto ocurre siempre, en cualquier lugar del mundo, a cualquier hora. La media de las notas finales también cuadra, si se hace bien. Los números no mienten, no se contradicen, no se ponen de mal humor un lunes por la mañana. Ofrecen esa comodidad extraña que nos da lo que no cambia. Yo mismo, con mi tendencia al pensamiento más analítico, he sentido esa atracción. Pero con el tiempo he aprendido que los números, en un centro escolar, son lo de menos. Aunque la burocracia se empeñe en hacernos creer que son lo más importante.

Si tuviera que ordenar en una pirámide lo que de verdad importa en educación, de más a menos, quedaría así: en la cima, la comunidad, la sociabilidad, el otro. Después, el respeto. Luego, la gestión emocional. A continuación, los valores individuales. Y al fondo, los conocimientos académicos. Los números solo tienen sentido en este último escalón: sirven para constatar cuánto ha aprendido un alumno en una materia concreta. Ni más ni menos. No digo que sea algo innecesario o perjudicial, en absoluto. Lo que digo es que cada vez se le da más importancia a ese último peldaño y menos a todo lo que está por encima. Y las consecuencias las vemos a diario: alumnos brillantes en conocimientos, pero con serias dificultades para relacionarse, para gestionar un conflicto, para ayudarse entre sí...


Esta distorsión no la genera solo un colectivo. La generamos todos. Las familias, que en casa tienen un Einstein (y no me parece mal que los padres crean en sus hijos, faltaría más), pero que llaman al tutor en cuanto baja una nota y raramente cuando falta el respeto, como mínimo da que pensar. La administración, que lo quiere todo bien atado y documentado para blindarse ante posibles reclamaciones. El profesorado, que ante las innumerables quejas recibidas por nuestra labor, nos aferramos a los números porque son lo único difícilmente discutible. Y los propios alumnos, que aprenden lo que les enseñamos: que lo que cuenta es la nota.


El resultado, llevado al extremo, tiene nombre y fecha: un futuro no muy lejano en el que los estudiantes aprenderán a través de videotutoriales y serán evaluados cuantitativamente por una inteligencia artificial. Eficiente, objetivo, perfectamente cuantificado. Y completamente vacío de todo lo que hace que la educación sea educación. Porque eso es lo que ocurre cuando solo queremos que nuestros hijos saquen buenas notas: que la educación desaparece y queda solo la calificación.


¿Y qué puñetas tiene que ver el título de este artículo con lo que he escrito? Pues simplemente he cogido una frase que he escuchado muchas veces y he hecho una metáfora donde el dinero serían las notas y me pregunto si es verdad que estas dan la felicidad ya que las notas se han convertido, en demasiadas ocasiones, en lo que el dinero en otros ámbitos de la vida. Lo que debería ser una orientación, una constatación de un esfuerzo, se convierte en moneda de cambio, en estatus, en el equivalente escolar del último iPhone. Tener un 9 en matemáticas y las zapatillas de moda se han vuelto, para algunos, igual de importantes. Y no porque los chavales sean superficiales, sino porque les hemos enseñado que todo se mide, y que cuanto más alto el número, mejor.


Por eso modifico la pregunta del título, y la respondo con una frase que me gusta mucho más: no es más feliz quien saca mejores notas, sino quien menos las necesita.


Lo que de verdad me encantaría poder evaluar, lo que me gustaría que valoraran las familias y los alumnos es otra cosa: las sonrisas, el que se ayuden a hacer la tarea y aprendan juntos, el respeto entre ellos y hacia toda la comunidad educativa, el esfuerzo de levantarse cada mañana para estar a las 8:30 en el instituto con legañas en los ojos. El abrazo a un compañero cuando el otro está triste. La sinceridad. Incluso la limpieza y el orden. Pero todo eso no cabe en una casilla de notas y por tanto tenemos prohibido evaluarlo. Pero sí cabe en una conversación con las familias. Y si algo quiero que se lleven los padres y madres de esa conversación, no es un número: es saber que tienen unos hijos fantásticos que, aunque no saquen un 9 en historia ni tengan el último móvil, son personas geniales. O que están aprendiendo a serlo, que a estas alturas de su vida, es exactamente lo mismo.