
Balance es, en origen, una palabra de contabilidad. Y en contabilidad un balance que no cuadra es un balance mal hecho: el debe y el haber tienen que coincidir, tiene que dar cero, ni un euro de más ni de menos, si no es así, algo está saliendo mal. Pero en este trabajo, como en tantos otros donde lo que se maneja son personas y no facturas, el balance nunca da cero. Siempre sobra algo, para bien o para mal. Crecimiento o decrecimiento, pero nunca el limpio equilibrio del contable.
Para entender de dónde viene ese sobrante hay que mirar las tres patas en las que se sostiene la educación: el sistema (profesores, equipo directivo, inspección…), las familias, y los alumnos, a los que me debo por encima de cualquier otra cosa. Son estos los que más me aportan, y también, por raro que parezca, los que menos absorben. Porque sí, en estas tres patas hay quien absorbe energía en lugar de darla, y curiosamente no suelen ser los que tienen quince años.
Y es que, en este reparto de cuotas, los adolescentes tienen una ventaja que nosotros, los adultos, hemos perdido hace tiempo: la plasticidad. Nuestro cerebro, a estas alturas, está bastante cristalizado, que es una forma elegante de decir que ya hemos decidido que tenemos razón en casi todo y que cualquier idea nueva nos entra con calzador. Los chavales no. Su cerebro todavía se está haciendo, y eso, que tantos quebraderos de cabeza nos da (el cambio de voz a media frase, el gallo en el examen oral, el "es que no sé por qué he hecho eso"), es también lo que les permite cambiar de opinión, e incluso de comportamiento, en el tiempo que dura una conversación.
Voy a contar a modo de ejemplo un hecho concreto acaecido este curso. Dos alumnos que tuvieron un conflicto. Uno tenía, claramente, la sartén por el mango: más fuerte, más popular, con el grupo de su parte. Y lo que buscaba no era hacer daño, eso lo tengo claro después de tantos años en esto, lo que buscaba era ganar, que no es lo mismo, aunque el resultado a veces se parezca. Le hice ver, sin sermón, sin levantar la voz, el daño que estaba causando. Y aquí viene lo bonito: no necesité insistir mucho. En cuanto fue consciente, cambió. No al día siguiente, no la semana siguiente. En el mismo minuto.
Eso es algo que difícilmente vería en una sala de profesores, en un claustro, en una reunión con familias o, sin ir más lejos, en mi propio espejo cada mañana. Los adolescentes, como grupo, muestran menos maldad que casi cualquier otro colectivo humano con el que uno pueda trabajar. Cuando hacen daño, casi nunca es por crueldad y siendo conscientes de ello, es por no haberse parado a pensar. Y en cuanto piensan, casi siempre rectifican. Llevo años repitiéndolo y cada curso me lo vuelven a demostrar: los chavales muchas veces tienen más valores que la mayoría de los adultos.
Pero sería mentira, y un balance no puede mentir, quedarme solo con esto. En la otra columna están los conflictos que se quedaron a medias porque nadie tiró del hilo a tiempo. Los desencuentros con familias que se cerraron en falso, sin que nadie cediera. Las agresiones que sí llegaron a pasar. Los acosos que se detectaron tarde. Algún llanto que, con más tiempo o más atención, se podría haber evitado. Esto también es parte del oficio, y un balance que no lo incluya no es balance, es propaganda.
Quizás por eso, cuando hago balance, lo que más me llena no son las notas. Las notas son el debe y el haber, la parte contable del asunto, y hace falta hacerlas, no nos vamos a engañar. Pero lo que de verdad equilibra mi balance son estos cambios, a veces tan sutiles que casi no se ven: una forma de pensar que se abre un poco más, una manera de relacionarse que madura, un alumno que este año discute mejor de lo que discutía el anterior. Si pusiéramos tanto empeño en fijarnos en esto como en rellenar columnas de números, no sé si aprobaríamos más, pero seguro que entenderíamos mejor.
Así que aquí está mi balance de este curso: no cuadra, no da cero, y menos mal. Porque si algún año me sale a cero, mejor cambio de profesión.
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