La OCDE ha publicado el informe PISA 2025 y, como no podía ser de otra manera, España ha vuelto a suspender. Sí, otra vez, como cada tres años. Peores resultados históricos en lectura, matemáticas y ciencias, por debajo de la media de la OCDE y de la UE en las tres materias. Si esto fuera una serie, ya iríamos por la temporada nueve y el guion seguiría siendo el mismo.
Lo curioso es el tono con el que se reciben estos datos cada edición: sorpresa, tertulias encendidas, algún ministro prometiendo "un análisis en profundidad" y, dos años después, exactamente la misma conversación con números todavía peores. Es el Día de la Marmota de la educación española, solo que en lugar de repetir el día, repetimos el fracaso con variaciones ligeramente más dramáticas.
Durante buena parte del siglo XX existió un fenómeno curioso conocido como el efecto Flynn: en casi todos los países donde se medía el cociente intelectual, los resultados subían generación tras generación, de forma tan constante que llegó a asumirse como una ley natural del progreso humano. Pues bien, en las últimas décadas ese ascenso se ha frenado e incluso invertido en varios países, lo que algunos ya llaman el "efecto Flynn negativo". El neurocientífico Michel Desmurget lleva ya un tiempo señalando al culpable en su libro La fábrica de cretinos digitales: las pantallas. No es una metáfora ni una hipótesis: pantallas, a secas, devorando el tiempo y la plasticidad cerebral que antes se invertían en, ya saben, pensar. O sea, que no es solo que España se examine mal: es que el planeta entero parece haber decidido, de mutuo acuerdo y sin previo aviso, dejar de ser más listos y pensar. Lo nuestro, eso sí, tiene un plus de mérito: no nos conformamos con estancarnos como el resto, preferimos liderar el descenso.
Uno de los hallazgos estrella es que los alumnos que usan menos el móvil obtienen mejores resultados. Esto es como publicar un estudio confirmando que dormir ayuda a no estar cansado. Lo llamativo no es el descubrimiento, sino que necesitemos un informe internacional de cientos de páginas para confirmar algo que cualquier profesor de secundaria lleva una década gritando en cada claustro, mientras observa en primera fila cómo un adolescente es capaz de resolver en tres segundos un acertijo de un videojuego pero necesita cinco minutos para entender un enunciado de dos líneas.
Y ahí hay un dato que duele: los "lectores apresurados" —los que leen a toda prisa y entienden lo justo para salir del paso— han pasado del 6,6% al 11,4% en pocos años. Es decir que cada vez hay más alumnos que "leen" un texto igual que uno hace scroll en redes sociales, es decir, sin que ninguna neurona se entere de nada.
El otro gran responsable señalado es el deterioro del apoyo familiar en los últimos años, y aquí conviene ser precisos, porque el error de las familias no es uno, sino varios. El primero es de sobra conocido: poner una pantalla en las manos de un menor sabiendo perfectamente el daño que hace, porque compra veinte minutos de silencio a cambio de una atención cada vez más deshilachada.
El segundo pecado es más sutil y, sospecho, igual de dañino: la familia que, en lugar de dejar que el chaval se pelee con sus propios problemas, sale corriendo a resolvérselos antes de que le rocen. Le hace los deberes, le justifica ante cualquier profesor en cuanto hay el mínimo roce, le allana el camino sistemáticamente para que nunca tropiece con nada, ni siquiera con las consecuencias de sus propios actos. El resultado es un alumnado que no ha entrenado el músculo de equivocarse, insistir y aguantar el tirón, porque siempre ha habido alguien detrás recogiendo los pedazos antes de que llegaran a caer. Entre la pantalla que atrofia la atención y el paraguas familiar que atrofia la autonomía, el chaval llega al aula con dos músculos sin desarrollar y un examen de PISA esperándole al fondo del pasillo.
Desde las aulas, todo esto suena menos a titular y más a un jueves cualquiera. El profesor moderno ha desarrollado, por pura supervivencia, un repertorio de payasadas que ya querría para sí más de un monologuista: subidas de tono teatrales, chistes malos colocados con precisión quirúrgica, algún que otro baile improvisado con la tiza en la mano, todo con tal de arrancarle al grupo dos minutos —dos, ni uno más— de atención sostenida antes de que la mirada vuelva a perderse hacia ningún sitio en particular. No es pereza, no es aquello de que "los jóvenes de hoy en día" —frase que llevamos diciendo generación tras generación—, es que hemos construido, entre pantallas y sobreprotección, un entorno perfectamente diseñado para que concentrarse y equivocarse, las dos cosas que de verdad enseñan algo, parezcan actos de resistencia, y para que enseñar se parezca cada vez más a hacer de teloneros de nuestra propia asignatura.
Así que aquí seguimos, con el termómetro educativo marcando fiebre alta, el efecto Flynn en retirada, y todo el mundo mirándolo con cara de sorpresa, como si no lleváramos una década viendo subir la temperatura sin hacer absolutamente nada por bajarla. La próxima edición de PISA, dentro de tres años, probablemente confirmará que seguimos exactamente igual. O peor. Pero eso sí: con otro informe muy completo explicándonos por qué.
Y ojo, porque esto no se queda en las notas de un examen internacional. Una población que cada vez lee peor, que cada vez sostiene menos la atención y que cada vez tolera menos la incomodidad de pensar dos veces antes de creerse algo, es exactamente el caldo de cultivo perfecto para que florezcan los bulos, los discursos simplones y los extremismos que se alimentan de eslóganes en lugar de argumentos. Pero eso, quizá, sea materia para el próximo artículo.














