27 septiembre 2026

Hablando a la pared - España repite curso

La OCDE ha publicado el informe PISA 2025 y, como no podía ser de otra manera, España ha vuelto a suspender. Sí, otra vez, como cada tres años. Peores resultados históricos en lectura, matemáticas y ciencias, por debajo de la media de la OCDE y de la UE en las tres materias. Si esto fuera una serie, ya iríamos por la temporada nueve y el guion seguiría siendo el mismo.


Lo curioso es el tono con el que se reciben estos datos cada edición: sorpresa, tertulias encendidas, algún ministro prometiendo "un análisis en profundidad" y, dos años después, exactamente la misma conversación con números todavía peores. Es el Día de la Marmota de la educación española, solo que en lugar de repetir el día, repetimos el fracaso con variaciones ligeramente más dramáticas.


Durante buena parte del siglo XX existió un fenómeno curioso conocido como el efecto Flynn: en casi todos los países donde se medía el cociente intelectual, los resultados subían generación tras generación, de forma tan constante que llegó a asumirse como una ley natural del progreso humano. Pues bien, en las últimas décadas ese ascenso se ha frenado e incluso invertido en varios países, lo que algunos ya llaman el "efecto Flynn negativo". El neurocientífico Michel Desmurget lleva ya un tiempo señalando al culpable en su libro La fábrica de cretinos digitales: las pantallas. No es una metáfora ni una hipótesis: pantallas, a secas, devorando el tiempo y la plasticidad cerebral que antes se invertían en, ya saben, pensar. O sea, que no es solo que España se examine mal: es que el planeta entero parece haber decidido, de mutuo acuerdo y sin previo aviso, dejar de ser más listos y pensar. Lo nuestro, eso sí, tiene un plus de mérito: no nos conformamos con estancarnos como el resto, preferimos liderar el descenso.


Uno de los hallazgos estrella es que los alumnos que usan menos el móvil obtienen mejores resultados. Esto es como publicar un estudio confirmando que dormir ayuda a no estar cansado. Lo llamativo no es el descubrimiento, sino que necesitemos un informe internacional de cientos de páginas para confirmar algo que cualquier profesor de secundaria lleva una década gritando en cada claustro, mientras observa en primera fila cómo un adolescente es capaz de resolver en tres segundos un acertijo de un videojuego pero necesita cinco minutos para entender un enunciado de dos líneas.


Y ahí hay un dato que duele: los "lectores apresurados" —los que leen a toda prisa y entienden lo justo para salir del paso— han pasado del 6,6% al 11,4% en pocos años. Es decir que cada vez hay más alumnos que "leen" un texto igual que uno hace scroll en redes sociales, es decir, sin que ninguna neurona se entere de nada.


El otro gran responsable señalado es el deterioro del apoyo familiar en los últimos años, y aquí conviene ser precisos, porque el error de las familias no es uno, sino varios. El primero es de sobra conocido: poner una pantalla en las manos de un menor sabiendo perfectamente el daño que hace, porque compra veinte minutos de silencio a cambio de una atención cada vez más deshilachada.


El segundo pecado es más sutil y, sospecho, igual de dañino: la familia que, en lugar de dejar que el chaval se pelee con sus propios problemas, sale corriendo a resolvérselos antes de que le rocen. Le hace los deberes, le justifica ante cualquier profesor en cuanto hay el mínimo roce, le allana el camino sistemáticamente para que nunca tropiece con nada, ni siquiera con las consecuencias de sus propios actos. El resultado es un alumnado que no ha entrenado el músculo de equivocarse, insistir y aguantar el tirón, porque siempre ha habido alguien detrás recogiendo los pedazos antes de que llegaran a caer. Entre la pantalla que atrofia la atención y el paraguas familiar que atrofia la autonomía, el chaval llega al aula con dos músculos sin desarrollar y un examen de PISA esperándole al fondo del pasillo.


Desde las aulas, todo esto suena menos a titular y más a un jueves cualquiera. El profesor moderno ha desarrollado, por pura supervivencia, un repertorio de payasadas que ya querría para sí más de un monologuista: subidas de tono teatrales, chistes malos colocados con precisión quirúrgica, algún que otro baile improvisado con la tiza en la mano, todo con tal de arrancarle al grupo dos minutos —dos, ni uno más— de atención sostenida antes de que la mirada vuelva a perderse hacia ningún sitio en particular. No es pereza, no es aquello de que "los jóvenes de hoy en día" —frase que llevamos diciendo generación tras generación—, es que hemos construido, entre pantallas y sobreprotección, un entorno perfectamente diseñado para que concentrarse y equivocarse, las dos cosas que de verdad enseñan algo, parezcan actos de resistencia, y para que enseñar se parezca cada vez más a hacer de teloneros de nuestra propia asignatura.


Así que aquí seguimos, con el termómetro educativo marcando fiebre alta, el efecto Flynn en retirada, y todo el mundo mirándolo con cara de sorpresa, como si no lleváramos una década viendo subir la temperatura sin hacer absolutamente nada por bajarla. La próxima edición de PISA, dentro de tres años, probablemente confirmará que seguimos exactamente igual. O peor. Pero eso sí: con otro informe muy completo explicándonos por qué.


Y ojo, porque esto no se queda en las notas de un examen internacional. Una población que cada vez lee peor, que cada vez sostiene menos la atención y que cada vez tolera menos la incomodidad de pensar dos veces antes de creerse algo, es exactamente el caldo de cultivo perfecto para que florezcan los bulos, los discursos simplones y los extremismos que se alimentan de eslóganes en lugar de argumentos. Pero eso, quizá, sea materia para el próximo artículo.

26 agosto 2026

Hablando a la pared - El dinero no da la felididad, pero ¿ayuda?

Hay personas a las que los números nos dan seguridad. Es comprensible: 1+1=2 y punto, esto ocurre siempre, en cualquier lugar del mundo, a cualquier hora. La media de las notas finales también cuadra, si se hace bien. Los números no mienten, no se contradicen, no se ponen de mal humor un lunes por la mañana. Ofrecen esa comodidad extraña que nos da lo que no cambia. Yo mismo, con mi tendencia al pensamiento más analítico, he sentido esa atracción. Pero con el tiempo he aprendido que los números, en un centro escolar, son lo de menos. Aunque la burocracia se empeñe en hacernos creer que son lo más importante.

Si tuviera que ordenar en una pirámide lo que de verdad importa en educación, de más a menos, quedaría así: en la cima, la comunidad, la sociabilidad, el otro. Después, el respeto. Luego, la gestión emocional. A continuación, los valores individuales. Y al fondo, los conocimientos académicos. Los números solo tienen sentido en este último escalón: sirven para constatar cuánto ha aprendido un alumno en una materia concreta. Ni más ni menos. No digo que sea algo innecesario o perjudicial, en absoluto. Lo que digo es que cada vez se le da más importancia a ese último peldaño y menos a todo lo que está por encima. Y las consecuencias las vemos a diario: alumnos brillantes en conocimientos, pero con serias dificultades para relacionarse, para gestionar un conflicto, para ayudarse entre sí...


Esta distorsión no la genera solo un colectivo. La generamos todos. Las familias, que en casa tienen un Einstein (y no me parece mal que los padres crean en sus hijos, faltaría más), pero que llaman al tutor en cuanto baja una nota y raramente cuando falta el respeto, como mínimo da que pensar. La administración, que lo quiere todo bien atado y documentado para blindarse ante posibles reclamaciones. El profesorado, que ante las innumerables quejas recibidas por nuestra labor, nos aferramos a los números porque son lo único difícilmente discutible. Y los propios alumnos, que aprenden lo que les enseñamos: que lo que cuenta es la nota.


El resultado, llevado al extremo, tiene nombre y fecha: un futuro no muy lejano en el que los estudiantes aprenderán a través de videotutoriales y serán evaluados cuantitativamente por una inteligencia artificial. Eficiente, objetivo, perfectamente cuantificado. Y completamente vacío de todo lo que hace que la educación sea educación. Porque eso es lo que ocurre cuando solo queremos que nuestros hijos saquen buenas notas: que la educación desaparece y queda solo la calificación.


¿Y qué puñetas tiene que ver el título de este artículo con lo que he escrito? Pues simplemente he cogido una frase que he escuchado muchas veces y he hecho una metáfora donde el dinero serían las notas y me pregunto si es verdad que estas dan la felicidad ya que las notas se han convertido, en demasiadas ocasiones, en lo que el dinero en otros ámbitos de la vida. Lo que debería ser una orientación, una constatación de un esfuerzo, se convierte en moneda de cambio, en estatus, en el equivalente escolar del último iPhone. Tener un 9 en matemáticas y las zapatillas de moda se han vuelto, para algunos, igual de importantes. Y no porque los chavales sean superficiales, sino porque les hemos enseñado que todo se mide, y que cuanto más alto el número, mejor.


Por eso modifico la pregunta del título, y la respondo con una frase que me gusta mucho más: no es más feliz quien saca mejores notas, sino quien menos las necesita.


Lo que de verdad me encantaría poder evaluar, lo que me gustaría que valoraran las familias y los alumnos es otra cosa: las sonrisas, el que se ayuden a hacer la tarea y aprendan juntos, el respeto entre ellos y hacia toda la comunidad educativa, el esfuerzo de levantarse cada mañana para estar a las 8:30 en el instituto con legañas en los ojos. El abrazo a un compañero cuando el otro está triste. La sinceridad. Incluso la limpieza y el orden. Pero todo eso no cabe en una casilla de notas y por tanto tenemos prohibido evaluarlo. Pero sí cabe en una conversación con las familias. Y si algo quiero que se lleven los padres y madres de esa conversación, no es un número: es saber que tienen unos hijos fantásticos que, aunque no saquen un 9 en historia ni tengan el último móvil, son personas geniales. O que están aprendiendo a serlo, que a estas alturas de su vida, es exactamente lo mismo.

10 julio 2026

Hablando a la parad - Balance

Cuando llega finales de diciembre a todo el mundo le entran las prisas por hacer balance. Las empresas preparan sus final de año fiscal, los gimnasios publicitan que cuando terminen las fiestas habrá que volver a hacer deporte para bajar esos kilitos, hacemos propósitos, contamos los libros que nos hemos leído, etc. y nosotros, los profesores, también hacemos balance, solo que el nuestro no se rige por el calendario habitual, sino por el curso académico. Junio es nuestro 31 de diciembre, con la diferencia de que aquí no hay cotillón ni doce uvas, hay actas, evaluaciones finales y la sensación de que en septiembre todo vuelve a empezar, como si no hubiera pasado nada. (Sí ha pasado. Vaya si ha pasado.)
Balance es, en origen, una palabra de contabilidad. Y en contabilidad un balance que no cuadra es un balance mal hecho: el debe y el haber tienen que coincidir, tiene que dar cero, ni un euro de más ni de menos, si no es así, algo está saliendo mal. Pero en este trabajo, como en tantos otros donde lo que se maneja son personas y no facturas, el balance nunca da cero. Siempre sobra algo, para bien o para mal. Crecimiento o decrecimiento, pero nunca el limpio equilibrio del contable.
Para entender de dónde viene ese sobrante hay que mirar las tres patas en las que se sostiene la educación: el sistema (profesores, equipo directivo, inspección…), las familias, y los alumnos, a los que me debo por encima de cualquier otra cosa. Son estos los que más me aportan, y también, por raro que parezca, los que menos absorben. Porque sí, en estas tres patas hay quien absorbe energía en lugar de darla, y curiosamente no suelen ser los que tienen quince años.
Y es que, en este reparto de cuotas, los adolescentes tienen una ventaja que nosotros, los adultos, hemos perdido hace tiempo: la plasticidad. Nuestro cerebro, a estas alturas, está bastante cristalizado, que es una forma elegante de decir que ya hemos decidido que tenemos razón en casi todo y que cualquier idea nueva nos entra con calzador. Los chavales no. Su cerebro todavía se está haciendo, y eso, que tantos quebraderos de cabeza nos da (el cambio de voz a media frase, el gallo en el examen oral, el "es que no sé por qué he hecho eso"), es también lo que les permite cambiar de opinión, e incluso de comportamiento, en el tiempo que dura una conversación.
Voy a contar a modo de ejemplo un hecho concreto acaecido este curso. Dos alumnos que tuvieron un conflicto. Uno tenía, claramente, la sartén por el mango: más fuerte, más popular, con el grupo de su parte. Y lo que buscaba no era hacer daño, eso lo tengo claro después de tantos años en esto, lo que buscaba era ganar, que no es lo mismo, aunque el resultado a veces se parezca. Le hice ver, sin sermón, sin levantar la voz, el daño que estaba causando. Y aquí viene lo bonito: no necesité insistir mucho. En cuanto fue consciente, cambió. No al día siguiente, no la semana siguiente. En el mismo minuto.
Eso es algo que difícilmente vería en una sala de profesores, en un claustro, en una reunión con familias o, sin ir más lejos, en mi propio espejo cada mañana. Los adolescentes, como grupo, muestran menos maldad que casi cualquier otro colectivo humano con el que uno pueda trabajar. Cuando hacen daño, casi nunca es por crueldad y siendo conscientes de ello, es por no haberse parado a pensar. Y en cuanto piensan, casi siempre rectifican. Llevo años repitiéndolo y cada curso me lo vuelven a demostrar: los chavales muchas veces tienen más valores que la mayoría de los adultos.
Pero sería mentira, y un balance no puede mentir, quedarme solo con esto. En la otra columna están los conflictos que se quedaron a medias porque nadie tiró del hilo a tiempo. Los desencuentros con familias que se cerraron en falso, sin que nadie cediera. Las agresiones que sí llegaron a pasar. Los acosos que se detectaron tarde. Algún llanto que, con más tiempo o más atención, se podría haber evitado. Esto también es parte del oficio, y un balance que no lo incluya no es balance, es propaganda.
Quizás por eso, cuando hago balance, lo que más me llena no son las notas. Las notas son el debe y el haber, la parte contable del asunto, y hace falta hacerlas, no nos vamos a engañar. Pero lo que de verdad equilibra mi balance son estos cambios, a veces tan sutiles que casi no se ven: una forma de pensar que se abre un poco más, una manera de relacionarse que madura, un alumno que este año discute mejor de lo que discutía el anterior. Si pusiéramos tanto empeño en fijarnos en esto como en rellenar columnas de números, no sé si aprobaríamos más, pero seguro que entenderíamos mejor.
Así que aquí está mi balance de este curso: no cuadra, no da cero, y menos mal. Porque si algún año me sale a cero, mejor cambio de profesión.

25 mayo 2026

Hablando a la parede - Generación Ya!

El título al presente artículo lo da un programa de radio en RNE3. Es un programa de música para jóvenes cuyo nombre quiere definir a la juventud de hoy en día: Generación ya. Los chavales lo quieren todo ya, en este preciso instante.  Y creo que no les falta razón. A diario podemos ver situaciones en las que los chavales necesitan todo al instante, no pueden ni quieren esperar. Pero si pensamos un poco, si intentamos hacer un poco de memoria, veremos que nosotros, a su edad también éramos así ¿recordáis la frustración de los anuncios cuando veíamos una película? ¿y el cabreo con aquel amigo que siempre llegaba tarde? ¿la desesperación cuando tenías que esperar horas pegado a la radio con el dedo en el botón de grabar para pillar tu canción en la cinta? ¿esperar el sábado para ver los dibujos animados. Solo el sábado. Si te lo perdías, se perdía para siempre? ¿Se imaginan buscar en aquellas enormes enciclopedias toda la información que ahora tenemos a un click de distancia? ¿y la frustración de rebobinar una cinta con un boli Bic?- Y así tantas y tantas cosas.

Entonces, ¿qué ha cambiado? ¿por qué lo llaman generación ya si nosotros también lo queríamos todo igual de rápido? Muchos de ustedes ya tendrán la respuesta: la diferencia no es que nosotros supiéramos esperar mejor, sino que no teníamos alternativa. La espera nos venía impuesta desde fuera. Es difícil acordarse, pero estén seguros que cuando estuvieron tanto tiempo esperando escuchando la radio para grabar aquella canción favorita, descubrieron otras que les gustaron tanto o más. Que mientras esperaban a un amigo hubo en algún momento algún hecho que le descubriera algo asombroso que de no ser por la espera no hubiera ocurrido. A los jóvenes de hoy la tecnología les ha quitado esa imposición externa, y nadie les ha enseñado a generarla desde dentro. La cuestión no es que sean más impacientes, es que nunca han tenido que entrenar la espera porque el mundo no se la exige. 

Siguiente pregunta ¿es un problema que no sepan esperar? Bajo mi punto de vista sí. En otro artículo hablé de la frustración y cómo la utilizo en el aula para que mis alumnos aprendan y los beneficios de la misma. Cuando no tienes algo al instante se produce cierta frustración y ello favorece la tolerancia a la misma. Evitarlo mediante la sobreprotección impide el desarrollo de estrategias adecuadas para una buena gestión emocional y conduce a problemas de autoestima. Es decir, el malestar de esperar no es un problema a resolver, es un entrenamiento. Pero claro, la paciencia es una virtud anticuada, no se ven los beneficios de la misma porque son a largo plazo y a corto solo se ve frustración, aburrimiento,... “dolor”.

Y ahora vamos con lo polémico: La era digital ha reducido los tiempos de espera y ha hecho que los jóvenes se acostumbren a la gratificación instantánea, disminuyendo su capacidad para tolerar la frustración. Nosotros también queríamos las cosas ya, pero el mundo nos obligaba a esperar. A ellos el mundo ya no les obliga, y nadie les ha enseñado a hacerlo desde dentro.

Y hay más, obtenemos beneficios a largo plazo debido a la frustración que nos genera la espera, ya que apartamos la atención consciente del entorno y entonces, regiones profundas del cerebro asumen tareas como la reorganización de recuerdos y el procesamiento de emociones, lo que impulsa el desarrollo creativo.

Michael Ende, en su novela Momo, imaginó unos seres llamados hombres grises que robaban el tiempo a las personas convenciéndolas de que debían ahorrarlo, de que la lentitud era un lujo que no podían permitirse. El resultado era que la gente dejaba de escuchar, de jugar, de contemplar. Se volvían rápidos y vacíos. No era ciencia ficción: era una profecía.

Ya hemos visto los perjuicios de la inmediatez en nuestros jóvenes, o mejor dicho, los beneficios de la espera. Pero hay más a nivel social: Los aficionados a las aves recogen miles de datos en todo el mundo que sirven para estudiar el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, y esto requiere silencio, inmovilidad, paciencia, y agudeza. Los apicultores no pueden apresurar a las abejas, y ya sabemos que sin las abejas desaparecería un tercio de la producción de alimentos en todo el mundo. Los aficionados a la astronomía descubren infinidad de cometas y asteroides estando noches enteras observando el cielo. El voluntario con un enfermo mental crónico que no sabe si algún día tendrá éxito la terapia que está siguiendo. La restauración de obras de arte. Aprender a tocar un violín. Leer un libro… todas estas actividades tienen en común que producen algo que no puede fabricarse deprisa. Y que una generación incapaz de esperar no solo se perjudica a sí misma, sino que deja de hacer las cosas que el mundo más necesita: las lentas.

Con esto, uno llega a la conclusión de que esperar no es perder el tiempo, es ganarlo por dentro y para fuera.

24 abril 2026

Hablando a la parede - ¡Vamos a contar mentiras!


- Te voy a tener que expulsar.
- ¿Y eso?
- Porque te han visto fumando en el patio.
- Imposible, yo no fumo.
- Hueles a tabaco.
- Pues porque habrán fumado a mi lado.
- Te han visto sacar humo de la boca.
- ¡Que no era yo, jo***!
- Lo siento pero tengo que llamar a tus padres y expulsarte.
- ¡Regístrame si quieres!
- No voy a registrarte.
- Esto es injusto. ¿Qué pruebas tienes?
- Pues que un profesor te ha visto fumando.
…

Esta conversación es muy habitual en un instituto. Más bien, ha sido y será más habitual de lo que nos gustaría.

Cuando empecé en esto de la educación me enfadaba mucho con los chicos que me mentían, no comprendía por qué lo hacían, creía que se estaban riendo de mí o que ese chico o chica eran malos. Pero resulta que no es así, ni se ríen de nadie ni mucho menos son malos. Aquí va una explicación y el porqué ya no me enfado con ellos cuando me están mintiendo.

Resulta que cuando un niño pequeño miente o engaña a alguien por primera vez, sabemos que ha desarrollado la teoría de la mente, es decir, ya entiende que el otro no sabe lo que tú sabes. Pero aún hay más, el niño pequeño debe controlar el impulso de decir la verdad, inventar una historia plausible, suprimir la verdad, y observar la reacción del otro, ¡y todo a la vez! Así que cuando nuestro hijo pequeño miente, nos está diciendo que su desarrollo va por buen camino.

Ya, vale, pero ¿por qué lo hace un adolescente que ya sabe distinguir entre lo que está bien y lo que está mal? Pues por varios factores: el primero porque las decisiones que toma un adolescente, en muchas ocasiones, no son las más acertadas (debido a algo de lo que he hablado muchas veces: la parte del cerebro que toma las decisiones todavía está en construcción) y, para librarse de las consecuencias, hace lo que mejor sabe hacer: mentir. 
Pero además, la mentira es una herramienta para construir su propio yo, lejos de los adultos que lo controlan todo. En esa mentira, en ese mundo interior, no van a poder entrar, no quiere que entre nadie, sobre todo cuando los padres resuelven las situaciones con excesivo control.

Hasta aquí la comprensión de la mentira en un adolescente, pero ahora viene lo más preocupante, si esta conversación inicial te resulta familiar, la que viene a continuación aún lo será más:
- ¿Mi hijo? Imposible que lo haya hecho.
- Pues ha habido un profesor que le ha visto.
- Que ya le digo yo que no.
- Su hijo va a estar expulsado un día.
- ¡Que no puede ser!, ¡Que a mí mi hijo me lo cuenta todo!
- Pues esto no lo ha contado.
- ¡Que soy su padre jo***! ¡Que sé cómo es mi hijo!

...
Esta conversación también es más habitual de lo que nos gustaría. El padre se enfada, es normal, pero se descarga con quien no debe. Cree a su hijo antes que al profesor que lo ha visto fumar. Lo hace porque es lo más fácil. Si creyera que ha sido su hijo se tendría que enfadar con la persona que más quiere en este mundo y no quiere, no puede. Además, el jefe de estudios es un inútil que no se entera de nada. Sin embargo, no sabe el daño que le está haciendo a ese chico. Su hijo ha mentido para intentar salirse con la suya, el padre se lo cree, el chico se sale con la suya y aprende que mintiendo ha conseguido lo que quería. Y no solo eso, sino que también ha aprendido que fumar, o cualquier otro acto negativo, no tiene consecuencias directas.

Así, vemos que el adolescente necesita mentir, es casi una función evolutiva, necesita hacerlo para crecer. pero también necesita que le pillen para aprender que las palabras tienen peso y las acciones, consecuencias. El padre que nunca duda, que siempre cree, que nunca confronta, le roba al hijo precisamente esa segunda parte del aprendizaje. Le deja con la herramienta de la mentira bien afilada, pero sin el contrapeso que la hace manejable.

Comprendo la mentira del hijo, pero es necesario eliminar la credulidad sin límites de los padres.

23 marzo 2026

Hablando a la pared - Carne que crece no puede parar

El otro día estaba con una amiga y, hablando de los adolescentes, me recordó un refrán aragonés que solía decir su abuela: “carne que crece no puede parar”. A los meses de nacer un bebé nos pegamos un año enseñándole a andar y, una vez ha aprendido, les obligamos a que estén sentados en una silla.

Como con tantas contradicciones, seguimos teniendo a nuestros niños y niñas (y adolescentes) sentados en sillas, obligándolos a permanecer así casi seis horas diarias, hasta tal punto que aquel que no puede parar (es decir, lo que sería lo normal según el refrán aragonés) se le etiqueta con una enfermedad, y por el contrario premiamos a aquellos que son capaces de estar sentados, quietos e incluso pasmados sin dar una gota de mal.

La polémica no es nueva, ya en el S. XVIII, Jean-Jacques Rousseau criticaba la enseñanza como quietud impuesta, proponía la actividad física en la naturaleza, el juego libre y aprender a través de la experiencia directa. Dos siglos después, John Dewey, filósofo y pedagogo, propuso el “aprender haciendo” donde criticaba la educación formal, alejada de la vida real. Por la misma época, pero en otro lado del mundo, aparece la revolucionaria María Montessori que consideraba el papel del movimiento como primordial para el desarrollo armónico de nuestros jóvenes.

Si nos vamos a la actualidad, la neurociencia nos da infinidad de datos que nos indican la importancia de moverse: el cerebro aprende moviéndose, porque así está cableado; la actividad física mejora funciones cognitivas superiores como la atención, el lenguaje, la memoria, la velocidad de procesamiento y el pensamiento; moverse aumenta el volumen del hipocampo y la densidad de vasos sanguíneos; el 60% de los jóvenes que fracasan en las escuelas lo hacen porque iniciaron sus aprendizajes escolares sin haber desarrollado correctamente el control de su movimiento, el conocimiento del espacio, la lateralización y la motricidad precisa (es decir, que no saben moverse).

Han pasado dos siglos desde Rousseau hasta nuestros días y no paramos de escuchar, ya no solo a pensadores, filósofos, pedagogos y psicólogos, también la ciencia nos lo dice constantemente: el movimiento es fundamental en el crecimiento de nuestros hijos. Entonces ¿por qué no se enseña danza cada día igual que se enseña a multiplicar? Y la respuesta incómoda es que el sistema escolar no nació para que los niños florezcan, sino para que sean útiles. El sistema fue diseñado en el siglo XIX para enseñar a trabajar, dando más importancia a los temas útiles para el empleo industrial que a lo que decía el pedagogo brasileño Paulo Freire: la enseñanza no consiste en transmitir conocimientos, sino en crear las bases para su construcción. Los estudiantes tienen que tener las condiciones adecuadas para descubrirse a sí mismos mediante la reflexión.

Estar sentado no es natural: la postura con las articulaciones a 90 grados no es compatible con la estructura de nuestros huesos, músculos y ligamentos. Thoreau, uno de los mayores pensadores de la historia de Estados Unidos, confesaba que necesitaba al menos cuatro horas caminando por los bosques y colinas para conservar la salud y el espíritu. Incluso Nietzsche llegó a decir “siéntate lo menos posible; no creas ninguna idea que no haya nacido al aire libre y en movimiento libre. Todos los prejuicios vienen de las entrañas. Estar sentado quieto es el verdadero pecado contra el Espíritu Santo." 

Y sin embargo, después de todas estas teorías, propuestas, estudios e incluso la sabiduría popular seguimos ahí, premiando a los que están quietos, alabándolos y poniéndolos como ejemplo y condenando, criticando e incluso medicando a aquellos que solo quieren hacer aquello para lo que la naturaleza les ha creado: moverse.


25 febrero 2026

Hablando a la pared - La habitación desordenada

No hay datos sobre cuántos adolescentes tienen la habitación desordenada o, por el contrario, cuántos suelen limpiar y ordenar su habitación instintivamente (es decir, sin que casi le digamos nada). Así que me voy a aventurar a dar un “dato” basado en mi propia experiencia: muchos.

Ya sé que esto no dice nada, pero es que se complica, sobre todo si para cada uno de nosotros hay una definición diferente de desorden. Conozco gente, ya adulta, que son incapaces de ver algo desordenado, y otros  que como vean un cuadro torcido o un libro que sobresale más que otro, tienen que ponerlo bien para superar cierto malestar.


Pero no es de esto de lo que quiero hablar hoy. Como siempre, me interesan los adolescentes y es esta población la que suele tener la habitación más desordenada. “Pues vaya tontada nos cuenta este hombre hoy”. Verán como no es tanta tontada, es simplemente una metáfora que uso alguna vez para comparar el desorden de la habitación con el desorden neuronal que tienen nuestros chavales en una parte del cerebro, el córtex prefrontal (llévense la mano a la frente y darán con esa parte). 

Si entran en la habitación de un adolescente que lleva varios días sin supervisar, verán ropa acumulada, objetos de toda índole tirados por el suelo, encima (o debajo) de la cama, de la mesa, detrás del armario, libros, auriculares, cables, apuntes, ropa sucia por doquier,… en fin, un caos. Cualquier adulto que entre ahí no sabría por dónde empezar, sentiríamos ansiedad, no sabríamos dónde mirar, nuestra atención se volvería loca,... y por esta razón les gritamos y obligamos a recoger y ordenar. Desde luego, no está mal eso de gritarles de vez en cuando y decirles lo que está mal, pero quizás podríamos explicar por qué el adolescente tiene la habitación así. Puedo adelantar que esto no lo hacen para hacer rabiar a sus progenitores.

En ese caos, un adolescente sabe (más o menos) dónde están las cosas, para él no es prioritario el orden externo y lo más importante, el espacio físico está reflejando su identidad en construcción. Esa parte del cerebro que tenemos detrás de la frente es la encargada de un montón de cosas importantes como son la planificación, el control de impulsos, la toma de decisiones, la regulación emocional y… la organización. Seguro que si se han parado en pensar en estas tareas habrán visto que casi todos los adolescentes yerran en ellas. Y es que, nuestros hijos e hijas todavía no ha formado bien esta parte, no se ha terminado de desarrollar, tienen que ocurrir cosas tan raras como la mielinización, la poda neuronal y la reorganización sináptica, y no termina hasta los 20 o 25. Lo que pasa que como los vemos tan grandes y biológica y físicamente están tan desarrollados, pensamos que ya son adultos. Pero no, todavía no lo son a pesar de que te saquen una cabeza.

Así que, a partir de ahora, cuando mires la habitación de tu hijo o hija, piensa que así está su cerebro: la mezcla de objetos son sus emociones intensas; el desorden es la falta de priorización; cuando veas un cambio radical en los colores, de armarios, de objetos… es que su cerebro se está reconfigurando; y en ese caos aparente, debemos ver un desarrollo en progreso. 

Sé que es difícil de ver, pero les aseguro que no es negligencia lo que tienen los chicos, no es dejadez ni que pasen de todo, es simplemente que están creciendo. Y se dirán ustedes: “pero ¿cómo puede ser que diga este señor que está creciendo si cada día va a peor, cada día tiene más ropa acumulada porque no pienso recogérsela, cada día huele peor, cada día hay más trastos,… ?” Y tienen razón en hacer esta pregunta y además tienen derecho a ponerse de mala leche (yo también lo hago), y es que estamos acostumbrado a pensar que para llegar a una meta lo mejor y más fácil es llegar en línea recta, ver como avanzamos hacia ese final y lo más rápido que se pueda. Pero este caso es uno de los pocos que no es así, que no hay línea recta, que es una espiral, con luces y sombras (muchas). Como adultos, debemos comprender este proceso y recordar aquella frase de Jesper Juul: “para lo único que vale el enfado de un padre o una madre es para que este se desahogue”. Pero entonces ¿hay que decirle a los chicos que ordenen la habitación? Por supuesto, y si se quieren enfadar háganlo, están en su derecho aunque no valga de nada. También recuerden que ordenar una habitación lleva una tarde, pero ordenar un cerebro lleva una década (o más).

29 enero 2026

HABLARLE A LA PARED - DE ADICCIONES LEGALES I

 El 31 de marzo de 1929 la industria tabacalera decidió que tenía que cambiar el curso de su marketing. Una vez ya estaba normalizado el consumo de tabaco en los varones, nada mejor que convencer a sus novias y esposas para duplicar sus ventas ¿cómo lo hicieron? Utilizando el psicoanálisis: Era el desfile de pascua en Nueva York, contrataron a unas mujeres de la alta sociedad y les dieron las instrucciones para que en un momento dado (con las cámaras delante) se encendieran a la vez una marca concreta de tabaco. El tabaco ya no era algo sucio e inmoral, ahora era feminista, moderno y liberador.

 Pero ahí no se quedó la cosa, habían pasado décadas y se habían dado cuenta que tenían más clientes potenciales a los cuales les estaba “prohibido” llegar: los menores de edad. Engancharse de joven es más fácil que engancharse de adulto. Así que fueron para ahí, mucho más sutiles, pero más convincentes. Por ejemplo, Camel creó unos dibujos animados en los 90 y su cuota de mercado en menores de edad pasó del 0,5% al 32%. Pero la mejor campaña fue cuando las propias tabacaleras decían: “Fumar es para adultos, no dejes que tus hijos fumen”. ¿Qué hicieron los hijos? Pues lo de siempre, llevar la contraria: “fumar es de adultos y además está prohibido” esto es lo que pensaban los menores de edad. La jugada se ve clara.

Pero hoy no quiero hablar del tabaco (quizás en otro momento hable de los mal nacidos vapers), simplemente he utilizado esta droga legal para hablar de otra que utiliza más y mejores trucos de marketing para venderse: las redes sociales y algunas nuevas tecnologías.

Cuando llegó internet a los hogares españoles (principios de los 2000), era usado casi exclusivamente por adultos, el tiempo de espera para cargar un vídeo hoy en día sería insufrible, solo había un dispositivo y una conexión en cada hogar… hasta que en 2012 llega la fibra óptica. Pero antes había llegado el smartphone (2008) y luego llegó el 4G (2013), y las redes sociales: El botón de Like de Facebook (2009), los filtros de Instagram (2010), WhatsApp (2012), los shots de Tik Tok (2018), y un sinfín de redes en la que perderte y… engancharte.

Si la droga de las tabacaleras era la nicotina (con un poco de amoniaco para potenciar la adicción), las redes sociales utilizan la dopamina que se dispara cuando recibimos un like, un nuevo seguidor o nos contestan a un mensaje. A todos nos gusta que reconozcan nuestro esfuerzo o alaben una virtud que tenemos, pero si esto lo buscamos insistentemente se convierte en un problema porque nos focalizamos en hacer las cosas por reconocimiento externo y no por el simple placer de hacer las cosas bien. Hasta aquí la adicción (de la cuál podríamos hablar mucho más), pero ¿cómo han llegado a convencernos para que esta droga esté en todos los hogares y que además estemos convencidos de que es inocua, que no pasa nada por consumirla? Voy a hacer una comparación con las tabacaleras:

1 - Si el tabaco vendía libertad allá por 1929, las tecnológicas venden la conexión global y democratización (la paradoja es que las dos venden libertad para algo que te va a hacer adicto);

2 – Si el tabaco añadió amoniaco para aumentar la adicción a la nicotina, las redes sociales introdujeron el Scroll infinito y los likes (no puedes consumir solo uno);

3 – Si con el tabaco estuvieron 50 años diciendo que no era perjudicial para la salud aun sabiéndolo, las redes sociales ocultan los grandes daños que hacen a la salud mental;

y 4 – Lo que más me interesa, cómo han llegado a los jóvenes desde hace más de una década. Ya he explicado cómo lo hacían las tabacaleras (dibujitos y rebeldía), a las tecnológicas esto les ha resultado muchísimo más fácil: Supuestos pedagogos diciendo que con las pantallas se aprendía mucho (así nacieron programas como Baby Einstein), también nos vendieron la teoría de los “nativos digitales” (más o menos viene a decir que nuestros hijos pertenecen a otra especie y sino tienen una tablet se quedarán atrasado), estar aburrido es perjudicial, las tecnológicas se metieron en el sistema educativo (ejemplo clásico es el Classroom de Google), alabanzas a la multitarea (lo cual ha quedado demostrado que es perjudicial porque el cerebro del ser humano nunca podrá funcionar haciendo cosas en paralelo) y, por supuesto, mantenía a nuestros niños y jóvenes ocupados mientras cenábamos con nuestros amigos, ya no hace falta jugar con ellos, hay una máquina que lo hace por nosotros.

Hoy he hablado de cómo estas tecnologías se han introducido en nuestra sociedad y en especial en nuestros jóvenes. En el próximo artículo escribiré sobre el dolor que causan, un dolor que llega silenciosamente, en forma de ansiedad, depresión, anorexias e incluso suicidios en nuestros menores.

27 diciembre 2025

HABLANDO A LA PARED – PECADOS CAPITALES

 Si en el artículo anterior hablaba de los regalos que nos hacemos estos días, este mes cabe hablar de esas promesas que, una vez empezado el año, queremos cumplir: que si perder unos kilos, ver más a la familia y a los amigos, dejar de fumar, hacer más deporte, leer un poco más,… en fin, todas esas cosas que consideramos buenas y que luego no cumplimos por culpa de algunos de los malditos pecados capitales: la gula, la pereza, la avaricia y envidia.


Esto es lo que hacemos los adultos a comienzo de cada año pero, por mi trabajo, lo que más me interesa es saber qué hacen, piensan, sienten y padecen los adolescentes. Puede que les parezca más complicado, sin embargo es todo lo contrario. Los adultos nos engañamos, complicamos y proyectamos un futuro que, casi con toda probabilidad, no alcancemos. ¿Qué hacen los adolescentes? Pues sencillamente ser más prácticos y no prometerse nada ni a sí mismos ni a nadie. La razón de este comportamiento quizás ya la haya explicado en algún artículo anterior y tiene que ver con la dificultad que tienen para hacer pronósticos, para proyectar su vida en un futuro próximo, tomar decisiones adecuadas, controlar impulsos, evaluar consecuencias de ciertos actos,… ¿y por qué no saben hacer esto? Pues porque tienen una parte del cerebro que les falta por desarrollar, una parte en la que nos damos golpes inconscientemente cuando cometemos algún error, más o menos la frente.

Un adolescente no es capaz de ver consecuencias, de pronosticar ni augurar qué va a pasar digamos… en una semana. Esto, sin todavía haberlo estudiado, fui consciente en mis primeros años de trabajo y escuchaba las conversaciones de mis alumnos. De lunes a miércoles hablaban de lo que había pasado el fin de semana, a partir del jueves ya tocaba planificar el siguiente. Poco se ahí de lo que iban a hacer el mes siguiente y no digamos en verano. Sin embargo, en los institutos les insistimos en que tienen que estudiar día a día para poder tener un aprobado a final de curso ¿qué sucede entonces? Que no nos hacen caso porque final de curso cae tan lejos como Australia, todo lo que ocurra ahí, en ese tiempo tan lejano, les importa un pimiento. No porque sean malvados, despreocupados o les importe todo menos que una lombriz sino porque, sencillamente, no pueden proyectar su vida más allá de unos pocos días o quizás alguna semana (no confundir cuando vemos algunos niños de unos nueve años cantando villancicos el día diez de agosto, esa es otra historia).

Así que llegados el día uno de enero y aquellos que habéis tenido la suerte de tener una comida con la familia, si alguien se ha atrevido a preguntarle a un adolescente qué tiene pensado para este año, habréis podido comprobar la indiferencia en sus ojos, pero hay algo más. Habréis podido descubrir que lo que de verdad siente es una incomprensión absoluta ya que ni siquiera piensa en que le queda una semana para acabar las vacaciones y todavía no ha empezado la tarea que tiene que hacer, está pensando en cómo salir de esas conversaciones que no entiende ni entenderá, que va a intentar por todos los medios quedar esa tarde con sus amigos y que solo ellos comprenden que el tiempo verbal futuro sólo se usa para un par de días en adelante.

¿Todo esto es malo? Pues por supuesto que no. Un adolescente no tiene que pensar en el futuro, no tiene que saber las consecuencias de sus actos y tiene que tomar decisiones equivocadas. Se que lo que estoy diciendo parece una locura y contraviene las normas básicas de conducta en una comunidad pero ¿un bebé no se cae antes de andar, un niño no escribe garabatos antes de letras y palabras, cuántas comidas hemos retirado hasta conseguir cocinar como nuestras abuelas,...?

Es cierto que es bonito proyectar nuestro futuro, nos produce una satisfacción casi perversa pensar en las vacaciones de verano durante los días de Navidad. Pero nuestros adolescentes no pueden, aunque quieran, no pueden, ni deben. Siento mucho decir que necesitan probar los siete pecados capitales. Esto no quiere decir que les dejemos y les permitamos todo, debemos acompañarlos, hablar con ellos, hacerles ver que hay normas y que hay consecuencias, que las asuman y, al igual que recogemos al bebé que se ha caído cuando está aprendiendo a andar o a un niño le ponemos letras con puntitos para que aprenda a escribir, debemos de recoger a nuestros chicos y chicas cuando cometan esos errores e incurran en algún pecado capital comprendiendo que no hay maldad, solo están aprendiendo a “caminar”.

25 noviembre 2025

HABLANDO A LA PARED – DULCE NAVIDAD

Llegadas estas fechas y, como educador que soy, me veo en la obligación de sacar el tema por excelencia, ¡Los regalos de Navidad!, pero centrándome en lo que les llega a los adolescentes.

Hay regalos que no aceptan críticas porque se han convertido en uno más de la familia, véase: video consolas, relojes digitales, auriculares bluetooth, tablet y, como no podía ser menos, teléfonos móviles que, para algunos, será su primer teléfono. A otros les llega el permiso para crearse una cuenta de Tik Tok o de Instagram o incluso una suscripción para toda la familia a Netflix, Spotify, etc.

Luego tenemos la ropa: chandals, sudaderas, gorras, mochilas, abrigos, gorros, zapatillas,… lo que sea pero de color negro; no me pregunten por qué, pero llevamos unos años que a nuestros adolescentes les encanta vestir todos los días de luto (a veces, para sentirme bien, pienso que lo hacen porque son conscientes de que ha muerto el respeto, el esfuerzo, la crítica,… pero está claro que no).

Añadimos unos complementos y accesorios para sentirnos más guapos y guapas: gafas de sol, un kit de skincare (algo así para mantener la piel fina y bonita), alguna pulsera o anillo, uñas postizas,…

No me olvido del mejor regalo de todos, el que nunca falla, con el que aciertas seguro mientras sea muy grande, el más impersonal pero el que más adeptos tiene, eso sí, no da sorpresa, ni para bien ni para mal… hablo del bendecido dinero. Con él puedes hacer realidad cualquier regalo con el que estés soñando, incluidos los que más de moda están ahora aunque no por ello ilegales “vápers”.

Estos son los más populares, pero hay chavales que pertenecen a familias muy extrañas que reciben regalos que pueden ayudarles a crecer como personas: libros, instrumentos musicales, juegos de mesa, kits de experimentos, un telescopio o microscopio, cuadernos para pintar o dibujar, entradas para un musical o el teatro… Pero con estos regalos hay que tener mucho cuidado porque un libro puede convertirse en un arma arrojadiza para un adolescente que no esté acostumbrado a recibirlos.

Llevo tiempo pensando que los regalos de Navidad no sirven para mucho sino es más que para gastar dinero, para sentir esa falsa felicidad que da el comprar algo y para que los adolescentes nos dejen en paz mientras usan sus dispositivos electrónicos. No solo es en Navidad, también es para las confirmaciones, para los cumpleaños, el día de San Valentín,…

Ojalá entendiéramos los regalos como una manera de estar dándonos a la otra persona, de que hemos estado pensando en ella, que la conocemos tanto que sabemos sus necesidades, lo que le gusta, lo que le emociona, en lo que sueña…

Si viéramos los regalos de esta manera no los haríamos exclusivamente en Navidad u otras fechas señaladas, sino cuando de verdad fuera necesario, cuando menos se lo espera. Imagínense levantarse un día de mayo y regalar una flor que has cogido en el campo a la persona que tienes al lado porque sabes que eso le va a hacer feliz y llevas unos días viéndola triste. No hace falta que conteste a la pregunta de qué le va a hacer más feliz, si esta flor o una tablet.

Es inevitable regalar cosas en Navidad, no hacerlo sería de bichos raros, de Grinch. Tampoco digo de no hacer estos regalos ya que son tan esperados que no recibirlos se vería casi como una ofensa. Pero quizás podríamos empezar a regalar además cosas no tan materiales y sin que sean la recompensa de algo, por ejemplo: Tarjeta regalo vale por un abrazo cuando quieras y las veces que quieras, vale por un paseo por el monte un sábado por la mañana, vale por una semana sin hacer la cama ni recoger la habitación (mantener la puerta cerrada para no asustarse), vale por una clase de cocina para aprender a hacer macarrones con tomate gratinados, vale por una tarde de domingo con merienda y cine, vale por una fiesta con tus amigos en casa y los padres seremos los camareros y cocineros; también podemos regalar dos tarjetas, una de color rojo que cada vez que la enseñes tus padres te tienen que dejar en paz y una de color verde para decir que quieres contar algo importante y quieres ser escuchado; vale para elegir un día al año de no ir al instituto,… Para hacer estos regalos hay que ser muy valiente, hay que romper con tradiciones, con el dejarse llevar,… y si los vuelves a leer veréis que todas tienen algo en común: estaremos regalando tiempo a nuestros hijos.

27 octubre 2025

HABLANDO A LA PARED – RESPETO y AUTORIDAD

Seguramente habrán notada e incluso habrá salido en alguna conversación con sus amigos o familiares que los jóvenes de hoy en día no tienen respeto a nadie ni a nada. Tampoco les sorprenderá que esto lleva siendo así desde que el ser humano es ser humano. Entonces, si esto es así desde que el primer adolescente le dio por saco al primer adulto hace posiblemente unos diez mil años ¿Por qué hablo de esto en este artículo? Pues porque voy a poner el foco en otro sujeto, en las familias. Esta vez no le podemos echar la culpa a la adolescencia.

Un adolescente busca referencias, una autoridad que le guie, no al estilo dictatorial, pero sí una persona segura que le diga qué esta bien y qué está mal, que tenga la capacidad de imponer unas consecuencias a unos actos, esa persona en la que su subconsciente se fije cuando tenga que tomar una decisión y no tenga ni idea de qué hacer. Como habrán adivinado, ese referente es la familia, pero ¿qué es lo que pasa? Pues que están cambiando las relaciones paterno filiales y ahora nuestros hijos e hijas ya no son responsables de nada, nuestros niños son muy buenos, estudian mucho, son incapaces de insultar, faltar al respeto, robar, pegar, beber, fumar,… y como somos incapaces de ver que hacen todo esto (y mucho más), pues no imponemos consecuencias a estos actos y aquel referente que les imponía una sanción a ciertos actos, se ha convertido en su abogado de oficio defendiéndolo de lo indefendible.

He aquí el primer error que estamos cometiendo. El segundo tiene que ver con otro sujeto, el que imponía su autoridad por su cantidad y curiosidad por el conocimientos, rapidez de respuestas, comprensión del mundo que les rodea e incluso sabe encauzar la energía desbordante de un adolescente en trabajo productivo, en aprendizaje profundo y expresión cultural de la belleza. Sí, somos los maestros y maestras, pero no aquel que nos tiraba der las orejas o nos imponía castigos desmesurados, me refiero a aquellos que eran capaces de comprender que un día malo lo tiene cualquiera (y más en la adolescencia), que te sonreía pero que también te hacía ver que había límites que no podías pasar. Ahora los maestros lo tenemos difícil para ejercer así por dos razones fundamentales: no tenemos aquella capacidad intelectual, de humildad y de conocimientos que poseían aquellas personas del renacimiento, las cuales sabían de todo y mucho; y no tenemos el apoyo de las otras autoridades, las familias..

Pero no se preocupen, los adolescentes, por definición, buscan estos referentes autoritarios que les digan qué está bien y qué está mal. No quieren que les justifiquen ni que les perdonen, tampoco quieren un profesor que les de “la chapa” sobre un tema y no sepa contestarle cuando le hace una pregunta que nada tiene que ver. El problema es que sino somos las familias o la escuela, acaban encontrando estos referentes donde no deben, como dice la jueza Natalia Velilla, lo acaban encontrando en las celebritas, aquellas personas que casi lo único que tienen es su popularidad, que no destacan por su conocimiento ni por el acercamiento emocional, sino simplemente porque son famosas, que opinan de todo aun sin saber de nada, que difunden bulos y que en muchas ocasiones acaban haciendo daño a otros con tal de permanecer en la parte alta de los más vistos en redes sociales, televisión, etc.

De la autoridad que ejerzamos con nuestros hijos e hijas desde diferentes puntos de esta sociedad (familia o escuela), dependerá que sepan interpretar este mundo y convivir con sus iguales. Si no somos capaces de mostrarles las consecuencias de sus actos; Si el maestro no empieza a ejercer como tal: comprender, incentivar la curiosidad, respetar y no solo enseñar; pensarán que no hay consecuencias y tendremos verdaderos tiranos, perdidos, incapaces de manejar situaciones adversas por sí solos, infantiles, creyéndose en posesión de la verdad siempre.

Estas dos autoridades tenemos que ponernos a cambiar nuestra manera de tratarlos cuanto antes y a la vez. Yo ya lo he hecho...

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón" 

 

30 septiembre 2025

HABLANDO A LA PARED – FRUSTRACIÓN


 Imágenes de Frustracion dibujos animados - Descarga gratuita ...

Quizás el artículo que van a leer en las siguientes líneas pueda parecerles un poco polémico, pero les propongo que hagan el ejercicio de cuestionarse sus propias creencias.

El sentimiento de frustración es sinónimo de fracaso, no llegar a conseguir un objetivo, una meta. Sin duda es algo negativo y, por lo tanto, el ser humano lo desprecia, lo aleja todo lo que puede, al menos eso es lo que parece que sucede en la sociedad actual. Pero ¿esto siempre ha sido así? Es probable que este sentimiento negativo haya sido desagradable a lo largo de toda la historia del ser humano, pero también creo que nunca ha sido tan apartado de la vida cotidiana como lo es en la época actual. No imagino a un neandertal (incluso antes) desistiendo de hacer fuego porque después de media hora haciendo chispas no se le encendiera la hoguera, o aquel de los primeros agricultores que después de poner cientos de semillas vea como una riada del Nilo se las lleva y dejara de poner en la siguiente estación porque ha visto frustradas sus intenciones. O imaginen ese primer arquitecto del medievo que está harto de ver siempre los arcos de medio punto en las ventanas y que quiere hacer otro para que entre más luz en las iglesias ¿cuántas veces se le tuvo que caer el arco hasta llegar al arco apuntado característico del gótico? Y si nos acercamos un poco más a la época actual ¿la NASA dejó de cejar en su intento de llegar a la luna después del fracaso del Apolo 1 y el Apolo 2? Pues no, y no fue hasta el 11 que no logró el objetivo.

Por paradójico que parezca, la frustración y el fracaso es una de las fuentes de crecimiento del ser humano. Sería algo así como echar el pié hacia atrás para coger impulso, o regresar a un punto de partida para tener una mejor visión del problema que hay que solucionar. Sin embargo, hoy en día la frustración la evitamos a toda costa. Huimos de cualquier clase de dolor, y la frustración lo es… pero solo al principio. Y esto sucede porque nos fijamos en el fin, en el objeto realizado y no en todo el camino que tenemos que recorrer. Y ya no solo eso, es que si vemos una pequeña posibilidad de fracaso ni emprendemos el viaje, no vaya a ser que nos genere un pequeño dolor.


Es lícito no soportar ver a nuestros hijos e hijas sufrir pero esto nos ha llevado a impedir que experimenten cualquier tipo de dolor y esto incluye el fracaso y la frustración. Pongo el ejemplo que más conozco, el instituto: como padres y madres estudiamos para poder explicarles, les ayudamos con las tareas (algunos incluso se las hacemos), vamos a tutorías para saber cuáles son los criterios de evaluación, presentamos alegaciones, nos enfurecemos con los profesores si suspende nuestro hijo, hacemos sus matrículas decidiendo las materias optativas en las que menos vayan a sufrir y si pudiéramos nos presentaríamos nosotros a los exámenes.

Como decía, es lícito sufrir cuando vemos la frustración en nuestros hijos, pero ¿es lícito impedirles este sentimiento? Si no aprenden ahora a frustrarse y saber que a veces el esfuerzo no tiene la recompensa esperada en el momento esperado, cuando sean mayores únicamente estarán capacitados para hacer aquello que les agrade porque todo lo que les genere cierto dolor lo desecharán, no serán capaces de enfrentarse a ello. En mis clases, y aquí entra parte de la polémica, les pido que me hagan cosas que sé que no saben hacer, les digo que se busquen la vida, que yo no les voy a ayudar. Por supuesto les impido que usen inteligencias artificiales y, en muchas ocasiones, incluso internet, “entonces” me dicen “cómo vamos a hacerlo”, yo levanto los hombros y les digo que no tengo ni idea. Durante los cinco primeros minutos, a veces más, afloran la frustración, la desidia, las quejas e incluso cabreos, intentos de dejarlo estar, etc. Sin embargo, al cabo de unos pocos minutos esa indignación inicial da paso a un pequeño interés, alguno de ellos ha encontrado algo: un camino, una pequeña luz, un avance hacia algo que, probablemente, no sea la solución correcta. Sin embargo han logrado algo, no saben muy bien el qué, descubren que no es lo correcto, vuelve la frustración, pero esta vez dura menos, se ponen otra vez en marcha, logran descubrir otra cosa, tampoco es lo correcto, se acaba la clase, no han logrado lo que les he pedido, al día siguiente volverán a intentarlo, alguno de ellos viene diciendo que lo ha intentado en clase y que le ha salido algo parecido, todos quieren copiarse y ver cómo lo ha hecho, tampoco está bien, se frustran, dicen que es imposible, y probablemente lo sea para ellos, pero les digo que lo vuelvan a intentar. Me hacen caso y se sientan. Entonces sonrío satisfecho porque mis alumnos acaban de conseguir algo de lo que no son conscientes y de lo que la sociedad actuales les está privando constantemente: la aceptación de la frustración. Desde luego no voy a dar consejos como padre o madre pero sí que les pido que acepten mi metodología como profesor, les garantizo que la lección que aprendan será mayor que cualquier de los temas que pueda explicar.

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón" 

 

Posted on septiembre 30, 2025 | Categorias:

10 septiembre 2025

HABLANDO A LA PARED - SOLUCIÓN RÁPIDA

Lo quiero YAAA!: Libro infantil para niños y niñas. A partir de 6 – 7 años  : Hernández, A.P.: Amazon.es: Libros 

Cada vez que un centro escolar nos enfrentamos a un conflicto con alumnos: peleas, discusiones, falta de disciplina o una simple vagancia, es muy habitual que esos comportamientos e incluso peores se reproduzcan en sus casas.

 

Así encontramos chavales que desobedecen a sus padres, que le faltan al respeto a los mayores, que se niegan a estudiar y a hacer las tareas, tienen la habitación hecha un desastre, ignoran a todo el mundo de la casa salvo cuando quieren discutir, llevan la contraria en todo, nada les parece bien, desprecian incluso la comida,… en fin, una serie de comportamientos que básicamente definen a un adolescente.

 

Las familias quieren acabar con esto cuanto antes porque en muchas ocasiones las situaciones se hacen insoportables y buscan soluciones rápidas a problemas complejos, y ahí empieza el primer error ya que, al menos en psicología y por lo general, los problemas complejos solo se suelen resolver con soluciones poco sencillas y que llevan mucho tiempo. Para que se hagan una idea, el psiquiatra experto en adolescentes Jesper Jool decía que los problemas de un adolescente se solucionan en la infancia de este.

 

Sin embargo, estamos en una sociedad en la que todo tiene que ser inmediato: si quiero ver una serie la tengo en streaming para verla en ese preciso momento, el 40% de los españoles no cocinan nunca (la comida la quieren en el mismo instante), las compras por internet tienen que llegar al día siguiente, tengo todo el arte al alcance de un click en el móvil o en el ordenador, deseamos viajar cada vez más rápido para llegar cuanto antes nuestro destino, queremos adelgazar en un mes mejor que en dos, cada vez hay más gente que en vez de ver una película entera, solo ve un resumen de diez minutos en Youtube; si nuestros hijos aprenden a leer a los cinco años mejor que a los siete (a pesar de que ya se sabe que es mejor aprender a los siete) y, por supuesto, me tomo una pastilla que me haga efecto cuanto antes para impedir cualquier tipo de sufrimiento o dolor que me impida disfrutar de esta vida y de cada instante.

 

Cansados de escuchar el mismo mensaje de mucha gente sabia que nos dicen que hay que disfrutar de esta vida pero que el disfrute no es llegar antes, aprender antes, comer antes, ver la serie antes,… que el disfrute está en ese camino. Gandhi decía que no hay camino para la paz, que la paz es el camino; Michael Ende, en su libro Momo, nos advierte que intentamos ganar tiempo para luego matarlo en casa viendo la tele; hasta Confucio, hace la tira de años, escribió que la recompensa es el camino. Pues bien, como decía, parece que nos hemos cansado de todos estos mensajes y hemos decidido tomar el camino contrario: queremos todo ya, y que le den al camino.

 

Sin embargo aun hay cosas que se nos resisten a tenerlas ya, a sacarlas de su proceso natural para reducir el tiempo de espera de sus metas. Por ejemplo, nuestro cuerpo aun necesita dormir entre siete y ocho horas para estar en buenas condiciones y por mucho café que tomemos, nuestras capacidades no serán las mismas; leer un libro nos lleva un tiempo considerable y, aunque podemos encontrar resúmenes incluso en un minuto de tiktok, el placer de la lectura como tal requiere tiempo; si quieres que se te conceda un deseo mirando las lágrimas de San Lorenzo, inevitablemente tienes que estar un rato mirando el cielo sin nada más que hacer que “matar” el tiempo. Y como anunciaba al principio de este artículo, si quieres solucionar un problema con un adolescente ármate de paciencia y templanza porque no hay pastilla que valga ni terapia de una semana. Sin embargo sí que hay una cosa que podemos hacer y que erradicaría casi todos los problemas que tenemos con nuestros hijos en un instante: y es pensar que esos problemas no son tales y que únicamente obedecen a un comportamiento normal de un adolescente, pero esto es tema para otro artículo.

 

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón" 

31 enero 2025

HABLANDO A LA PARED – Bienvenidos a la selva


 

En un instituto hay de todo. Es una selva con mucho colorido de plantas que simplemente vienen a estar y poco más que respirar, hay animales salvajes, hay seres graciosos y otros que infunden un terror casi paralizante.

Hay lagartijas que merodean constantemente por el centro a una velocidad de espanto y que te puedes encontrar asomando en cada rincón, con esos movimientos sacádicos que no sabes muy bien qué están buscando o qué tramarán. 

Sus opuestos son los perezosos: su lentitud exaspera hasta a los profesores más pacientes, suelen llevar capucha para aislarse todo lo que pueden de los demás. Algunos, han evolucionado de tal manera que son capaces de anticiparse a lo que va a ocurrir y llegar puntuales a los sitios. 

Puedes encontrarte una manada de hienas pequeñas y escuálidas intimidando a un conjunto de ñus enormes pero pacíficos que son incapaces de ver que con un simple manotazo los mandarían al otro instituto.

Como no, están las serpientes silenciosas pero con las que hay que tener un cuidado extremo porque si no estás alerta muerden y envenenan en menos de un segundo.

Seres encantadores como Koalas a los que solo quieres abrazar y proteger del resto de animales salvajes.

Otro personaje que no puede faltar en la selva es el rey, el león que, al igual que éste, en el instituto también va infundiendo temor gracias a sus andares, ahuecamiento de brazos, mirada indiferente y seguido de un grupo de acólitos incondicionales que le siguen. El resto de animales se apartan y retiran la mirada a su paso con la esperanza de no ser la próxima víctima.

Hay pájaros que revolotean felices, cantando de árbol en árbol, ajenos a todo lo que pasa en tierra firme, únicamente pendientes de juntarse en cuanto puedan con otros seres como ellos.

Los más pequeños e insignificantes, esos que quieren pasar desapercibidos, esas hormigas trabajadoras que, por no tener, no tienen ni miedo a los grandes depredadores porque no saben ni que existen. Están ahí para hacer su hormiguero y punto.

Hay animales solitarios como los leopardos. Estos vagan por el instituto mostrando que saben lo que están haciendo en cada momento (aunque en su interior no sean conscientes ni del mes en el que viven), seguros, tranquilos, se te pueden acercar en cualquier momento y decirte algo inesperado que te descoloca.

Aunque para descolocar, los monos. Nunca sabes por dónde van a salir. Graciosos, inesperados, cansinos y agotadores. “Estaría genial tener uno de esos en casa” piensas, pero tan solo por un rato porque, más allá de los cinco minutos, te tirarías por la ventana.

Y todo esto y mucho más, encontramos en un instituto. A veces, lo difícil es saber y asumir cuál de todos estos personajes selváticos es nuestro hijo. Pero si quieren averiguarlo rápidamente, hagan un ejercicio relativamente sencillo: regresen a cuando iban al instituto e intenten identificarse con alguno de estos personajes, con bastante probabilidad su hijo o hija será muy similar porque, no nos engañemos, hay cosas que, por mucho que pasen los años, no cambian.

Quizás, en otra ocasión les hable de otro tipo de animales, el profesorado...

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón" 

 

05 enero 2025

HABLANDO A LA PARED - ¿Quién está educando a nuestros hijos e hijas? Primera parte.


Recientemente vivimos en el instituto una de esas situaciones que nos remueven, que nos hacen pensar que algo está fallando en la sociedad. Después de pasar por la sorpresa, el enfado y la indignación apareció la pregunta de ¿quién está educando a nuestro hijos e hijas?

Tradicionalmente se ha dicho que es la familia la que debe educar (aunque algunos ya sabemos que se educan en la calle). Pero esto no es así, y más cuando llegan a la adolescencia, donde entra en juego uno de los valores más importantes para ellos: la amistad. Y una tercera pata, o microsistema como diría Bronfenbrenner, es la escuela, donde, aunque solo sea por observación, ven comportamientos, actitudes y respuestas de todo el entramado que forma un centro educativo.

Hasta hace un tiempo muy poca gente se planteaba que pudiera haber algún otro factor tan importante como estos tres que acabo de mencionar en la educación de nuestros alumnos. Algún psicólogo loco o pedagogo iluminado ponía el grito en el cielo por las horas que pasaban nuestros hijos e hijas delante de la televisión. Sin embargo ya tenemos evidencias de que las pantallas no son todo lo sanas o cuanto menos inocuas que nos decían (recomiendo la lectura del libro de Michel Desmurget “La fábrica de cretinos digitales”), y cada vez vemos que entran más en juego las redes sociales (el teléfono móvil) con las que pasan más tiempo que con cualquiera de las tres patas de las que hablaba más arriba (los “amigos” de las redes no son AMIGOS).

Así que en la era digital ha entrado en juego una nueva variable que, sin lugar a dudas, está influyendo en la educación de nuestros alumnos y alumnas, mucho más que el profesor de historia o la profesora de plástica, y no digamos que sus padres y madres. Atrás han quedado los tiempos en que lo que más importaba en la vida era ser aceptado en un grupo de amigos (filiación grupal), ahora necesito el “me gusta” aunque eso me lleve a grabar a una “amiga” en situaciones comprometidas y subirlo a las redes. Buscábamos consejo en un amigo, en el padre de este, en una profesora que inspiraba confianza, en un tío y, sobre todo, en la sabiduría de los abuelos; ahora esos consejos nos los da TikTok y su algoritmo que nos dice cómo adelgazar sin pasar hambre, infinidad de razones para estar triste o para hacer daño.

El cerebro de nuestros alumnos y alumnas está creciendo y formándose ¿De verdad vamos a dejar a unos algoritmos que sean los que marquen el camino de su crecimiento neuronal? De esta influencia hablaré en otra columna.

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón" 

29 diciembre 2024

HABLANDO A AL PARED - Aquí empieza todo

Hablar de educación no me resulta sencillo. Para mucha gente puede parecer fácil hacerlo, sobre todo para esos “todólogos”,  como los llama Carlos Taibo, que inundan las tertulias de las radios y las televisiones y escriben columnas semanales en los más afamados periódicos.


Y entonces, se preguntarán ustedes: “si no le resulta sencillo ¿para qué escribe esta columna?” Pues porque me apetece contarles cómo ve la educación un sencillo docente que lleva veinte años en la profesión y no ha sabido desligar el contenido de los libros de los problemas del alumnado, que no distingue el estar con un alumno en clase o en la calle, que los problemas familiares son también sus problemas, que en una evaluación habla de las notas como habla del sufrimiento y del cariño, que un profesor o profesora es algo más que un compañero de profesión porque tenemos los mismos objetivos, muy alejados de apretar un simple tornillo.


La RAE dice muchas cosas cuando buscas la palabra “educación” o “educar”, les animo a que lo hagan. Pero para mí, y para muchos docentes, educar no es solo transmitir unos conocimientos que yo tengo a unos chiquillos que no los tienen. Esta parte es muy importante, tanto para ellos como para la sociedad: imaginen si no les explicáramos cómo sabemos que la tierra es más o menos esférica, seríamos todos terraplanistas y creeríamos que nuestro planeta va a lomos de una tortuga gigante (como relata Pratchett en mundodisco). 


Pero hay más, mucho más: son horas y horas con ellos, en algunos casos incluso, por desgracia, más que con su familia, hay juegos, miradas, discusiones acaloradas, incluso abrazos, silencios, palabras bonitas o malsonantes, hay perdones, arrepentimientos,… en fin, hay convivencia. Muchas veces esa parte se nos olvida que está ahí, no se evalúa ni se le da importancia, sin embargo les hace crecer como personas mucho más incluso que el Máximo Común Divisor.


Y por eso esta columna, porque la educación es algo más que instruir en contenidos a sus hijos e hijas, y poco a poco les desvelaré qué es esto de educar, qué cosas pasan dentro de un centro educativo y por qué tenemos que empezar a darle mucha más importancia y por lo tanto comenzar a colaborar todos los agentes sociales que les rodean. Solo espero no estar hablando a la pared.

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón"

10 septiembre 2023

Soy machista

La afirmación que aparece en este título no es baladí, ni pretende ser una frivolidad, ni pretendo que se compadezcan de mí, ni mucho menos, quiero que se normalice este comportamiento del ser humano que hemos heredado culturalmente de nuestros antepasados.

¿Por qué sé que soy machista? Pues porque me lo ha hecho ver mucha gente que define ciertos comportamientos como desiguales, donde yo soy el dominante y pretendo mostrar a otras personas (mujeres) mi valía y la necesidad que tienen de mí, llegando en no pocas ocasiones a ser violento o condescendiente (machirulo).

Quizás, a parte del daño que puedo causar, una de las peores cosas de conlleva este comportamiento es el no darme cuenta de lo que estoy haciendo. Pero también hay que decir que ya pasé hace tiempo la etapa de la negación y la burla. Mucha gente de mi alrededor siguen anclados en esta página y no se les ve con ganas de cuestionar ese mundo de ignorancia y a la vez dolor que estamos creando.

Una cantidad cada vez mayor de mi alumnado es machista (chicos y chicas). Aunque dicen no serlo, sus actitudes dejan claro que sí lo son. Esto me preocupa aunque no tanto como que estos pensamientos se mantengan en la edad adulta. En la adolescencia se dicen y se prueban infinidad de cosas, nos ponemos a prueba, nos burlamos de la muerte a cada instante, asumimos ideologías diferentes casi cada semana,... esto es así, y debe de ser así. Solo hay una cosa que debe prevalecer y que en la mayor parte de estos chicos y chicas está, el respeto a los demás y la apertura a nuevas formas de ser y estar.

Y sí, yo tengo actitudes machistas, micromachismos y alguna vez macromachismos. Me duele reconocerlo y más me duele no poder ser dueño de mí mismo para controlarlo, y me duele hacer daño a otras personas. Pero me he hecho consciente de ello, cada vez reconozco con más facilidad esas acciones (incluido el lenguaje) que denigran, menosprecian e incluso hieren a las personas del sexo contrario. El proceso es lento, muy lento, tanto que mi objetivo real es que mis hijos no lleguen a reproducir este tipo de acciones.

Al final, lo único que hay que hacer es poner siempre por delante el respeto a las personas, a todas sin distinción, independientemente de lo que hagan, aunque para ello debamos hacer algo que cansa e incluso algunas veces nos duele: Cuestionarnos el mundo que nos rodea y estar dispuestos y abiertos a otras ideas que nos cuestionen.
Posted on septiembre 10, 2023 | Categorias:

03 enero 2022

Lo importante y lo útil

Desde tiempo inmemoriales se intenta explicar por qué lo que se enseña en las aulas de secundaria es importante que se aprenda. Me creo que estos intentos han sido infructuosos porque los alumnos y alumnas siguen sin ver la importancia de aprender del mismo modo que lo veía yo.

Durante mis años como profesor, ya tres lustros, he visto como iba creciendo una manera de decirle al alumnado la importancia de la educación, a saber: la utilidad en la vida diaria de todas y cada una de las cosas que se explican. Así, las matemáticas sirven para que no te engañen cuando vayas a comprar, geografía para saber dónde viajas, inglés para entenderte con todo el mundo y para cualquier trabajo, tecnología para arreglar cosas, educación física para estar en forma,.. y así, en todas la materias buscamos le utilidad en el uso diario de cada tema de cada frase o número que tienen que aprender en las aulas, cosas tan rocambolescas como que el Máximo Común Divisor es lo que usamos a diario si quiero saber el momento exacto en el que me cruzaré con alguien sabiendo mi velocidad y la de la persona de la que estoy enamorado o que muchas de las historias que aparecen en videojuegos son creadas a partir de la historia real del ser humano.

Sin embargo, no todo lo que se da en las aulas es útil. Muchas materias o temas se ven incapaces de encontrar esa utilidad: El Lazarillo de Tormes, la capital de Uganda, hacer una raíz cuadrada, quién pintó el Guernica, por qué el cielo es azul o por qué el blanco es la unión de todos los colores.

La pregunta típica es "¿y esto para que mierdas me sirve?". Me suelo adelantar a esta pregunta y les dibujo una gráfica en la pizarra (véase imagen) y les digo: "En secundaria, nada de los que os enseñen es útil en la vida real, pero es importante. Cuanto más inútil más importante".


Y esto no lo digo por causar revuelo, lo digo porque lo creo: cuanto más inútil es algo, más importante me parece. O mejor aún, cuanto más importante, más inútil es (que no es lo mismo).

¿Para qué me vale saberme un poema de Béquer?, para nada. ¿Es importante? SÍ

Casi nada de lo que se estudia y aprende en secundaria sirve para utilizarlo en la vida actual. Creo que es un error buscarle la utilidad, más bien deberíamos buscar la manera de hacer entender a estudiantes y familias la importancia de saber, por ejemplo que es la ley de Ohm o cuál es el significado de la Caverna de Platón. Si buscamos la utilidad ocurren cosas como aumentar las horas de inglés porque es un idioma que nos va a servir para nuestro trabajo en el futuro evitando decir que lo importante no es aprender este idioma, sino aprender cualquier idioma, porque las estructuras cerebrales se desarrollan de otra manera si aprendemos a pensar con otra lengua que no sea la materna; o que en el nuevo currículum de educación ponga como asignatura obligatoria la materia de programación informática, porque eso me va a servir para el trabajo de nuestros chicos en el futuro, en detrimento de las horas de filosofía e historia.

Así, convertimos, casi sin darnos cuenta y llevados por el utilitarismos y el mercantilismo, aquello que es importante en útil, lo que en principio está pensado para que nuestros alumnos y alumnas sean libre pensadoras y críticas, las convertimos en simples objetos que aprenden cosas útiles para servir a las necesidades de un mercado.

Por eso no me cansaré de repetir que sí, que lo que se enseña en secundaria no vale para nada, es totalmente inútil. Eso sí, la importancia de aprenderlo es extrema, no solo para nuestros hijos e hijas sino para la sociedad en su conjunto.



26 septiembre 2020

De psicópatas y neuróticos


Hoy quiero seguir hablando de la tecnología, pero me voy a adentrar en el inhóspito y tenebroso mundo de las elucubraciones. Voy a plantear una hipótesis, una teoría a refutar. La teoría me viene a la mente por culpa de que a veces, debido a mi eterna adolescencia y su mente divergente, soy capaz de juntar diferentes teorías, textos, axiomas o simples afirmaciones y llegar a elaborar lo que en este texto presento.

Cada vez están más cotizados los neuróticos que los psicópatas. Vamos a sus conferencias y les alabamos, escuchamos las conferencias TED, adquirimos sus aplicaciones y sus inventos nos parecen fascinantes, creemos en ellos como los grandes salvadores de esta sociedad. Así, a cada alabanza que reciben son más valientes, se creen más dioses, el ego aumenta, como si estuviéramos hichando un glogo. No sería de extrañar que, de aquí a unos años, veamos más neuróticos en la clase política, desbancando a la ingente cantidad de psicópatas que hay metidos en los hemiciclos. Quizás lo que vemos ahora es una mezcla entre psicopatía y neuroticismo en ejemplos como Bolsonaro, Trump, Johnson, y otrora Berlusconi. 

Después de leer a Byung Chul Han, detenidamente y sin prisas, por supuesto, y su famoso libro “la sociedad del cansancio”, puedes llegar a varias conclusiones muy interesantes sobre el comportamiento del ser humano en la sociedad. Las reflexiones de Han son estupendas y tan bien elaboradas que parecen imposibles de refutar (seguro que algún osado ya lo ha hecho). Una de esas conclusiones interesantes, quizás de las más importantes del libro, es como el ser humano, el trabajador, ha pasado de ser esclavo (entendido como persona oprimida por un patrón u oligarca) a ser su propio esclavista. Dice Han que si antes el trabajador, por culpa de esta opresión, desarrollaba una serie de patologías (neurotismo, psicopatías, esquizofrenias,… ) derivadas del echo de querer escapar y no poder hacerlo, en la actualidad, al ser el propio trabajador su opresor, las patologías psicológicas se han derivado a las depresiones, no hay nadie que no seas tú mismo al que poder echar la culpa de tu fracaso en la libertad, el locus de control es interno y por tanto aparece la depresión. 

Pero, aunque nace de aquí, no es esta mi teoría, ya que más bien me centraré en las personas opresoras, las clases dominantes, las que tienen y quieren seguir teniendo, ya sea dinero, poder, reconocimiento, vida,… Hace unos años leí un artículo de Eduard Punset en el que decía que alrededor del 5% de los broquers de bolsa, políticos, grandes empresarios, etc. eran psicópatas, más bien psicópatas adaptados, cuando la media en la sociedad es menor del 1% y muchos de ellos están en la cárcel. Este porcentaje aumente bastante si no demuestran ser psicópatas pero sí tener rasgos psicopáticos. Hasta hace poco creía a pies juntillas esta afirmación. No volví a leer nada más sobre el tema, hasta que hace poco llegó a mis manos una afirmación bastante interesante sobre la neurosis en los grandes magnates de las nuevas tecnologías (Elon Musk, Mark Zuckerberg, Larry Page y Sergey Brin,… ) que, quizás unidos por la pleonexia desarrollada por un mundo hipercapitalista, hayan desarrollado este especie de neurosis por tener más, por querer incluso la inmortalidad, por creer que en las nuevas tecnologías van a encontrar la solución a todos los problemas que tiene la sociedad, en definitiva, por creerse Dioses. 

Así, estos nuevos gobernantes mundiales neuróticos, han sido los únicos capaces de oponer resistencia ante los otros gobernantes, los psicópatas. La guerra entre unos y otros empezó hace tiempo. Las antiguas empresas (energéticas, bancos, farmacéuticas, comestibles, ropa, etc.) les ha salido el competidor de las nuevas tecnologías que no quiere tener el poder, quiere el poder sea él, no quiere vencer a nadie, se cree el salvador y mesías. Veremos que unos luchan contra el cambio climático, los otros no; unos están a favor de la renta básica, los otros no; unos hacen yoga, otros se comen un chuletón; unos defienden la causa feminista, otros la niegan. La batalla la están ganando los neuróticos porque ya casi han conseguido la tan ansiada IA, los medios de comunicación casi todos son suyos o están controlados por ellos, las redes sociales, los programas de distribución de mercancías, las apps para acceder a los productos de los psicópatas,… 

Esta guerra está servida, pero seremos los esquizofrenicos antes y los depresivos ahora, los que sufriremos las consecuencias de esta batalla social. Seguiremos sin ser libres, porque a unos como a otros no les interesa lo más mínimo que lo seamos. Durante mucho tiempo hemos analizado la animadversión de los psicópatas hacia la libertad de sus esclavos pero, al igual que los psicópatas ya han conseguido que seamos nuestros propios esclavos, los neuróticos han conseguido que nos creamos libres y que, además, esa libertad nos la han dado ellos a través de las nuevas tecnologías. Como dice Ekaitz Cancela, sólo nos queda “despertar del sueño tecnológico” en el que nos tienen encerrados.


Como ya he dicho, esto es una elucubración basada en unos apuntes mentales que uno le vienen cuando lee ciertas cosas que, a priori, parecen ciertas pero ¿quién dice que lo serán? O quizás sea cierto todo lo que aparece en las lineas anteriores.