27 diciembre 2025

HABLANDO A LA PARED – PECADOS CAPITALES

COMPARTE»»

 Si en el artículo anterior hablaba de los regalos que nos hacemos estos días, este mes cabe hablar de esas promesas que, una vez empezado el año, queremos cumplir: que si perder unos kilos, ver más a la familia y a los amigos, dejar de fumar, hacer más deporte, leer un poco más,… en fin, todas esas cosas que consideramos buenas y que luego no cumplimos por culpa de algunos de los malditos pecados capitales: la gula, la pereza, la avaricia y envidia.


Esto es lo que hacemos los adultos a comienzo de cada año pero, por mi trabajo, lo que más me interesa es saber qué hacen, piensan, sienten y padecen los adolescentes. Puede que les parezca más complicado, sin embargo es todo lo contrario. Los adultos nos engañamos, complicamos y proyectamos un futuro que, casi con toda probabilidad, no alcancemos. ¿Qué hacen los adolescentes? Pues sencillamente ser más prácticos y no prometerse nada ni a sí mismos ni a nadie. La razón de este comportamiento quizás ya la haya explicado en algún artículo anterior y tiene que ver con la dificultad que tienen para hacer pronósticos, para proyectar su vida en un futuro próximo, tomar decisiones adecuadas, controlar impulsos, evaluar consecuencias de ciertos actos,… ¿y por qué no saben hacer esto? Pues porque tienen una parte del cerebro que les falta por desarrollar, una parte en la que nos damos golpes inconscientemente cuando cometemos algún error, más o menos la frente.

Un adolescente no es capaz de ver consecuencias, de pronosticar ni augurar qué va a pasar digamos… en una semana. Esto, sin todavía haberlo estudiado, fui consciente en mis primeros años de trabajo y escuchaba las conversaciones de mis alumnos. De lunes a miércoles hablaban de lo que había pasado el fin de semana, a partir del jueves ya tocaba planificar el siguiente. Poco se ahí de lo que iban a hacer el mes siguiente y no digamos en verano. Sin embargo, en los institutos les insistimos en que tienen que estudiar día a día para poder tener un aprobado a final de curso ¿qué sucede entonces? Que no nos hacen caso porque final de curso cae tan lejos como Australia, todo lo que ocurra ahí, en ese tiempo tan lejano, les importa un pimiento. No porque sean malvados, despreocupados o les importe todo menos que una lombriz sino porque, sencillamente, no pueden proyectar su vida más allá de unos pocos días o quizás alguna semana (no confundir cuando vemos algunos niños de unos nueve años cantando villancicos el día diez de agosto, esa es otra historia).

Así que llegados el día uno de enero y aquellos que habéis tenido la suerte de tener una comida con la familia, si alguien se ha atrevido a preguntarle a un adolescente qué tiene pensado para este año, habréis podido comprobar la indiferencia en sus ojos, pero hay algo más. Habréis podido descubrir que lo que de verdad siente es una incomprensión absoluta ya que ni siquiera piensa en que le queda una semana para acabar las vacaciones y todavía no ha empezado la tarea que tiene que hacer, está pensando en cómo salir de esas conversaciones que no entiende ni entenderá, que va a intentar por todos los medios quedar esa tarde con sus amigos y que solo ellos comprenden que el tiempo verbal futuro sólo se usa para un par de días en adelante.

¿Todo esto es malo? Pues por supuesto que no. Un adolescente no tiene que pensar en el futuro, no tiene que saber las consecuencias de sus actos y tiene que tomar decisiones equivocadas. Se que lo que estoy diciendo parece una locura y contraviene las normas básicas de conducta en una comunidad pero ¿un bebé no se cae antes de andar, un niño no escribe garabatos antes de letras y palabras, cuántas comidas hemos retirado hasta conseguir cocinar como nuestras abuelas,...?

Es cierto que es bonito proyectar nuestro futuro, nos produce una satisfacción casi perversa pensar en las vacaciones de verano durante los días de Navidad. Pero nuestros adolescentes no pueden, aunque quieran, no pueden, ni deben. Siento mucho decir que necesitan probar los siete pecados capitales. Esto no quiere decir que les dejemos y les permitamos todo, debemos acompañarlos, hablar con ellos, hacerles ver que hay normas y que hay consecuencias, que las asuman y, al igual que recogemos al bebé que se ha caído cuando está aprendiendo a andar o a un niño le ponemos letras con puntitos para que aprenda a escribir, debemos de recoger a nuestros chicos y chicas cuando cometan esos errores e incurran en algún pecado capital comprendiendo que no hay maldad, solo están aprendiendo a “caminar”.