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10 julio 2026

Hablando a la parad - Balance

Cuando llega finales de diciembre a todo el mundo le entran las prisas por hacer balance. Las empresas preparan sus final de año fiscal, los gimnasios publicitan que cuando terminen las fiestas habrá que volver a hacer deporte para bajar esos kilitos, hacemos propósitos, contamos los libros que nos hemos leído, etc. y nosotros, los profesores, también hacemos balance, solo que el nuestro no se rige por el calendario habitual, sino por el curso académico. Junio es nuestro 31 de diciembre, con la diferencia de que aquí no hay cotillón ni doce uvas, hay actas, evaluaciones finales y la sensación de que en septiembre todo vuelve a empezar, como si no hubiera pasado nada. (Sí ha pasado. Vaya si ha pasado.)
Balance es, en origen, una palabra de contabilidad. Y en contabilidad un balance que no cuadra es un balance mal hecho: el debe y el haber tienen que coincidir, tiene que dar cero, ni un euro de más ni de menos, si no es así, algo está saliendo mal. Pero en este trabajo, como en tantos otros donde lo que se maneja son personas y no facturas, el balance nunca da cero. Siempre sobra algo, para bien o para mal. Crecimiento o decrecimiento, pero nunca el limpio equilibrio del contable.
Para entender de dónde viene ese sobrante hay que mirar las tres patas en las que se sostiene la educación: el sistema (profesores, equipo directivo, inspección…), las familias, y los alumnos, a los que me debo por encima de cualquier otra cosa. Son estos los que más me aportan, y también, por raro que parezca, los que menos absorben. Porque sí, en estas tres patas hay quien absorbe energía en lugar de darla, y curiosamente no suelen ser los que tienen quince años.
Y es que, en este reparto de cuotas, los adolescentes tienen una ventaja que nosotros, los adultos, hemos perdido hace tiempo: la plasticidad. Nuestro cerebro, a estas alturas, está bastante cristalizado, que es una forma elegante de decir que ya hemos decidido que tenemos razón en casi todo y que cualquier idea nueva nos entra con calzador. Los chavales no. Su cerebro todavía se está haciendo, y eso, que tantos quebraderos de cabeza nos da (el cambio de voz a media frase, el gallo en el examen oral, el "es que no sé por qué he hecho eso"), es también lo que les permite cambiar de opinión, e incluso de comportamiento, en el tiempo que dura una conversación.
Voy a contar a modo de ejemplo un hecho concreto acaecido este curso. Dos alumnos que tuvieron un conflicto. Uno tenía, claramente, la sartén por el mango: más fuerte, más popular, con el grupo de su parte. Y lo que buscaba no era hacer daño, eso lo tengo claro después de tantos años en esto, lo que buscaba era ganar, que no es lo mismo, aunque el resultado a veces se parezca. Le hice ver, sin sermón, sin levantar la voz, el daño que estaba causando. Y aquí viene lo bonito: no necesité insistir mucho. En cuanto fue consciente, cambió. No al día siguiente, no la semana siguiente. En el mismo minuto.
Eso es algo que difícilmente vería en una sala de profesores, en un claustro, en una reunión con familias o, sin ir más lejos, en mi propio espejo cada mañana. Los adolescentes, como grupo, muestran menos maldad que casi cualquier otro colectivo humano con el que uno pueda trabajar. Cuando hacen daño, casi nunca es por crueldad y siendo conscientes de ello, es por no haberse parado a pensar. Y en cuanto piensan, casi siempre rectifican. Llevo años repitiéndolo y cada curso me lo vuelven a demostrar: los chavales muchas veces tienen más valores que la mayoría de los adultos.
Pero sería mentira, y un balance no puede mentir, quedarme solo con esto. En la otra columna están los conflictos que se quedaron a medias porque nadie tiró del hilo a tiempo. Los desencuentros con familias que se cerraron en falso, sin que nadie cediera. Las agresiones que sí llegaron a pasar. Los acosos que se detectaron tarde. Algún llanto que, con más tiempo o más atención, se podría haber evitado. Esto también es parte del oficio, y un balance que no lo incluya no es balance, es propaganda.
Quizás por eso, cuando hago balance, lo que más me llena no son las notas. Las notas son el debe y el haber, la parte contable del asunto, y hace falta hacerlas, no nos vamos a engañar. Pero lo que de verdad equilibra mi balance son estos cambios, a veces tan sutiles que casi no se ven: una forma de pensar que se abre un poco más, una manera de relacionarse que madura, un alumno que este año discute mejor de lo que discutía el anterior. Si pusiéramos tanto empeño en fijarnos en esto como en rellenar columnas de números, no sé si aprobaríamos más, pero seguro que entenderíamos mejor.
Así que aquí está mi balance de este curso: no cuadra, no da cero, y menos mal. Porque si algún año me sale a cero, mejor cambio de profesión.

29 enero 2026

HABLARLE A LA PARED - DE ADICCIONES LEGALES I

 El 31 de marzo de 1929 la industria tabacalera decidió que tenía que cambiar el curso de su marketing. Una vez ya estaba normalizado el consumo de tabaco en los varones, nada mejor que convencer a sus novias y esposas para duplicar sus ventas ¿cómo lo hicieron? Utilizando el psicoanálisis: Era el desfile de pascua en Nueva York, contrataron a unas mujeres de la alta sociedad y les dieron las instrucciones para que en un momento dado (con las cámaras delante) se encendieran a la vez una marca concreta de tabaco. El tabaco ya no era algo sucio e inmoral, ahora era feminista, moderno y liberador.

 Pero ahí no se quedó la cosa, habían pasado décadas y se habían dado cuenta que tenían más clientes potenciales a los cuales les estaba “prohibido” llegar: los menores de edad. Engancharse de joven es más fácil que engancharse de adulto. Así que fueron para ahí, mucho más sutiles, pero más convincentes. Por ejemplo, Camel creó unos dibujos animados en los 90 y su cuota de mercado en menores de edad pasó del 0,5% al 32%. Pero la mejor campaña fue cuando las propias tabacaleras decían: “Fumar es para adultos, no dejes que tus hijos fumen”. ¿Qué hicieron los hijos? Pues lo de siempre, llevar la contraria: “fumar es de adultos y además está prohibido” esto es lo que pensaban los menores de edad. La jugada se ve clara.

Pero hoy no quiero hablar del tabaco (quizás en otro momento hable de los mal nacidos vapers), simplemente he utilizado esta droga legal para hablar de otra que utiliza más y mejores trucos de marketing para venderse: las redes sociales y algunas nuevas tecnologías.

Cuando llegó internet a los hogares españoles (principios de los 2000), era usado casi exclusivamente por adultos, el tiempo de espera para cargar un vídeo hoy en día sería insufrible, solo había un dispositivo y una conexión en cada hogar… hasta que en 2012 llega la fibra óptica. Pero antes había llegado el smartphone (2008) y luego llegó el 4G (2013), y las redes sociales: El botón de Like de Facebook (2009), los filtros de Instagram (2010), WhatsApp (2012), los shots de Tik Tok (2018), y un sinfín de redes en la que perderte y… engancharte.

Si la droga de las tabacaleras era la nicotina (con un poco de amoniaco para potenciar la adicción), las redes sociales utilizan la dopamina que se dispara cuando recibimos un like, un nuevo seguidor o nos contestan a un mensaje. A todos nos gusta que reconozcan nuestro esfuerzo o alaben una virtud que tenemos, pero si esto lo buscamos insistentemente se convierte en un problema porque nos focalizamos en hacer las cosas por reconocimiento externo y no por el simple placer de hacer las cosas bien. Hasta aquí la adicción (de la cuál podríamos hablar mucho más), pero ¿cómo han llegado a convencernos para que esta droga esté en todos los hogares y que además estemos convencidos de que es inocua, que no pasa nada por consumirla? Voy a hacer una comparación con las tabacaleras:

1 - Si el tabaco vendía libertad allá por 1929, las tecnológicas venden la conexión global y democratización (la paradoja es que las dos venden libertad para algo que te va a hacer adicto);

2 – Si el tabaco añadió amoniaco para aumentar la adicción a la nicotina, las redes sociales introdujeron el Scroll infinito y los likes (no puedes consumir solo uno);

3 – Si con el tabaco estuvieron 50 años diciendo que no era perjudicial para la salud aun sabiéndolo, las redes sociales ocultan los grandes daños que hacen a la salud mental;

y 4 – Lo que más me interesa, cómo han llegado a los jóvenes desde hace más de una década. Ya he explicado cómo lo hacían las tabacaleras (dibujitos y rebeldía), a las tecnológicas esto les ha resultado muchísimo más fácil: Supuestos pedagogos diciendo que con las pantallas se aprendía mucho (así nacieron programas como Baby Einstein), también nos vendieron la teoría de los “nativos digitales” (más o menos viene a decir que nuestros hijos pertenecen a otra especie y sino tienen una tablet se quedarán atrasado), estar aburrido es perjudicial, las tecnológicas se metieron en el sistema educativo (ejemplo clásico es el Classroom de Google), alabanzas a la multitarea (lo cual ha quedado demostrado que es perjudicial porque el cerebro del ser humano nunca podrá funcionar haciendo cosas en paralelo) y, por supuesto, mantenía a nuestros niños y jóvenes ocupados mientras cenábamos con nuestros amigos, ya no hace falta jugar con ellos, hay una máquina que lo hace por nosotros.

Hoy he hablado de cómo estas tecnologías se han introducido en nuestra sociedad y en especial en nuestros jóvenes. En el próximo artículo escribiré sobre el dolor que causan, un dolor que llega silenciosamente, en forma de ansiedad, depresión, anorexias e incluso suicidios en nuestros menores.

27 diciembre 2025

HABLANDO A LA PARED – PECADOS CAPITALES

 Si en el artículo anterior hablaba de los regalos que nos hacemos estos días, este mes cabe hablar de esas promesas que, una vez empezado el año, queremos cumplir: que si perder unos kilos, ver más a la familia y a los amigos, dejar de fumar, hacer más deporte, leer un poco más,… en fin, todas esas cosas que consideramos buenas y que luego no cumplimos por culpa de algunos de los malditos pecados capitales: la gula, la pereza, la avaricia y envidia.


Esto es lo que hacemos los adultos a comienzo de cada año pero, por mi trabajo, lo que más me interesa es saber qué hacen, piensan, sienten y padecen los adolescentes. Puede que les parezca más complicado, sin embargo es todo lo contrario. Los adultos nos engañamos, complicamos y proyectamos un futuro que, casi con toda probabilidad, no alcancemos. ¿Qué hacen los adolescentes? Pues sencillamente ser más prácticos y no prometerse nada ni a sí mismos ni a nadie. La razón de este comportamiento quizás ya la haya explicado en algún artículo anterior y tiene que ver con la dificultad que tienen para hacer pronósticos, para proyectar su vida en un futuro próximo, tomar decisiones adecuadas, controlar impulsos, evaluar consecuencias de ciertos actos,… ¿y por qué no saben hacer esto? Pues porque tienen una parte del cerebro que les falta por desarrollar, una parte en la que nos damos golpes inconscientemente cuando cometemos algún error, más o menos la frente.

Un adolescente no es capaz de ver consecuencias, de pronosticar ni augurar qué va a pasar digamos… en una semana. Esto, sin todavía haberlo estudiado, fui consciente en mis primeros años de trabajo y escuchaba las conversaciones de mis alumnos. De lunes a miércoles hablaban de lo que había pasado el fin de semana, a partir del jueves ya tocaba planificar el siguiente. Poco se ahí de lo que iban a hacer el mes siguiente y no digamos en verano. Sin embargo, en los institutos les insistimos en que tienen que estudiar día a día para poder tener un aprobado a final de curso ¿qué sucede entonces? Que no nos hacen caso porque final de curso cae tan lejos como Australia, todo lo que ocurra ahí, en ese tiempo tan lejano, les importa un pimiento. No porque sean malvados, despreocupados o les importe todo menos que una lombriz sino porque, sencillamente, no pueden proyectar su vida más allá de unos pocos días o quizás alguna semana (no confundir cuando vemos algunos niños de unos nueve años cantando villancicos el día diez de agosto, esa es otra historia).

Así que llegados el día uno de enero y aquellos que habéis tenido la suerte de tener una comida con la familia, si alguien se ha atrevido a preguntarle a un adolescente qué tiene pensado para este año, habréis podido comprobar la indiferencia en sus ojos, pero hay algo más. Habréis podido descubrir que lo que de verdad siente es una incomprensión absoluta ya que ni siquiera piensa en que le queda una semana para acabar las vacaciones y todavía no ha empezado la tarea que tiene que hacer, está pensando en cómo salir de esas conversaciones que no entiende ni entenderá, que va a intentar por todos los medios quedar esa tarde con sus amigos y que solo ellos comprenden que el tiempo verbal futuro sólo se usa para un par de días en adelante.

¿Todo esto es malo? Pues por supuesto que no. Un adolescente no tiene que pensar en el futuro, no tiene que saber las consecuencias de sus actos y tiene que tomar decisiones equivocadas. Se que lo que estoy diciendo parece una locura y contraviene las normas básicas de conducta en una comunidad pero ¿un bebé no se cae antes de andar, un niño no escribe garabatos antes de letras y palabras, cuántas comidas hemos retirado hasta conseguir cocinar como nuestras abuelas,...?

Es cierto que es bonito proyectar nuestro futuro, nos produce una satisfacción casi perversa pensar en las vacaciones de verano durante los días de Navidad. Pero nuestros adolescentes no pueden, aunque quieran, no pueden, ni deben. Siento mucho decir que necesitan probar los siete pecados capitales. Esto no quiere decir que les dejemos y les permitamos todo, debemos acompañarlos, hablar con ellos, hacerles ver que hay normas y que hay consecuencias, que las asuman y, al igual que recogemos al bebé que se ha caído cuando está aprendiendo a andar o a un niño le ponemos letras con puntitos para que aprenda a escribir, debemos de recoger a nuestros chicos y chicas cuando cometan esos errores e incurran en algún pecado capital comprendiendo que no hay maldad, solo están aprendiendo a “caminar”.

25 noviembre 2025

HABLANDO A LA PARED – DULCE NAVIDAD

Llegadas estas fechas y, como educador que soy, me veo en la obligación de sacar el tema por excelencia, ¡Los regalos de Navidad!, pero centrándome en lo que les llega a los adolescentes.

Hay regalos que no aceptan críticas porque se han convertido en uno más de la familia, véase: video consolas, relojes digitales, auriculares bluetooth, tablet y, como no podía ser menos, teléfonos móviles que, para algunos, será su primer teléfono. A otros les llega el permiso para crearse una cuenta de Tik Tok o de Instagram o incluso una suscripción para toda la familia a Netflix, Spotify, etc.

Luego tenemos la ropa: chandals, sudaderas, gorras, mochilas, abrigos, gorros, zapatillas,… lo que sea pero de color negro; no me pregunten por qué, pero llevamos unos años que a nuestros adolescentes les encanta vestir todos los días de luto (a veces, para sentirme bien, pienso que lo hacen porque son conscientes de que ha muerto el respeto, el esfuerzo, la crítica,… pero está claro que no).

Añadimos unos complementos y accesorios para sentirnos más guapos y guapas: gafas de sol, un kit de skincare (algo así para mantener la piel fina y bonita), alguna pulsera o anillo, uñas postizas,…

No me olvido del mejor regalo de todos, el que nunca falla, con el que aciertas seguro mientras sea muy grande, el más impersonal pero el que más adeptos tiene, eso sí, no da sorpresa, ni para bien ni para mal… hablo del bendecido dinero. Con él puedes hacer realidad cualquier regalo con el que estés soñando, incluidos los que más de moda están ahora aunque no por ello ilegales “vápers”.

Estos son los más populares, pero hay chavales que pertenecen a familias muy extrañas que reciben regalos que pueden ayudarles a crecer como personas: libros, instrumentos musicales, juegos de mesa, kits de experimentos, un telescopio o microscopio, cuadernos para pintar o dibujar, entradas para un musical o el teatro… Pero con estos regalos hay que tener mucho cuidado porque un libro puede convertirse en un arma arrojadiza para un adolescente que no esté acostumbrado a recibirlos.

Llevo tiempo pensando que los regalos de Navidad no sirven para mucho sino es más que para gastar dinero, para sentir esa falsa felicidad que da el comprar algo y para que los adolescentes nos dejen en paz mientras usan sus dispositivos electrónicos. No solo es en Navidad, también es para las confirmaciones, para los cumpleaños, el día de San Valentín,…

Ojalá entendiéramos los regalos como una manera de estar dándonos a la otra persona, de que hemos estado pensando en ella, que la conocemos tanto que sabemos sus necesidades, lo que le gusta, lo que le emociona, en lo que sueña…

Si viéramos los regalos de esta manera no los haríamos exclusivamente en Navidad u otras fechas señaladas, sino cuando de verdad fuera necesario, cuando menos se lo espera. Imagínense levantarse un día de mayo y regalar una flor que has cogido en el campo a la persona que tienes al lado porque sabes que eso le va a hacer feliz y llevas unos días viéndola triste. No hace falta que conteste a la pregunta de qué le va a hacer más feliz, si esta flor o una tablet.

Es inevitable regalar cosas en Navidad, no hacerlo sería de bichos raros, de Grinch. Tampoco digo de no hacer estos regalos ya que son tan esperados que no recibirlos se vería casi como una ofensa. Pero quizás podríamos empezar a regalar además cosas no tan materiales y sin que sean la recompensa de algo, por ejemplo: Tarjeta regalo vale por un abrazo cuando quieras y las veces que quieras, vale por un paseo por el monte un sábado por la mañana, vale por una semana sin hacer la cama ni recoger la habitación (mantener la puerta cerrada para no asustarse), vale por una clase de cocina para aprender a hacer macarrones con tomate gratinados, vale por una tarde de domingo con merienda y cine, vale por una fiesta con tus amigos en casa y los padres seremos los camareros y cocineros; también podemos regalar dos tarjetas, una de color rojo que cada vez que la enseñes tus padres te tienen que dejar en paz y una de color verde para decir que quieres contar algo importante y quieres ser escuchado; vale para elegir un día al año de no ir al instituto,… Para hacer estos regalos hay que ser muy valiente, hay que romper con tradiciones, con el dejarse llevar,… y si los vuelves a leer veréis que todas tienen algo en común: estaremos regalando tiempo a nuestros hijos.

27 octubre 2025

HABLANDO A LA PARED – RESPETO y AUTORIDAD

Seguramente habrán notada e incluso habrá salido en alguna conversación con sus amigos o familiares que los jóvenes de hoy en día no tienen respeto a nadie ni a nada. Tampoco les sorprenderá que esto lleva siendo así desde que el ser humano es ser humano. Entonces, si esto es así desde que el primer adolescente le dio por saco al primer adulto hace posiblemente unos diez mil años ¿Por qué hablo de esto en este artículo? Pues porque voy a poner el foco en otro sujeto, en las familias. Esta vez no le podemos echar la culpa a la adolescencia.

Un adolescente busca referencias, una autoridad que le guie, no al estilo dictatorial, pero sí una persona segura que le diga qué esta bien y qué está mal, que tenga la capacidad de imponer unas consecuencias a unos actos, esa persona en la que su subconsciente se fije cuando tenga que tomar una decisión y no tenga ni idea de qué hacer. Como habrán adivinado, ese referente es la familia, pero ¿qué es lo que pasa? Pues que están cambiando las relaciones paterno filiales y ahora nuestros hijos e hijas ya no son responsables de nada, nuestros niños son muy buenos, estudian mucho, son incapaces de insultar, faltar al respeto, robar, pegar, beber, fumar,… y como somos incapaces de ver que hacen todo esto (y mucho más), pues no imponemos consecuencias a estos actos y aquel referente que les imponía una sanción a ciertos actos, se ha convertido en su abogado de oficio defendiéndolo de lo indefendible.

He aquí el primer error que estamos cometiendo. El segundo tiene que ver con otro sujeto, el que imponía su autoridad por su cantidad y curiosidad por el conocimientos, rapidez de respuestas, comprensión del mundo que les rodea e incluso sabe encauzar la energía desbordante de un adolescente en trabajo productivo, en aprendizaje profundo y expresión cultural de la belleza. Sí, somos los maestros y maestras, pero no aquel que nos tiraba der las orejas o nos imponía castigos desmesurados, me refiero a aquellos que eran capaces de comprender que un día malo lo tiene cualquiera (y más en la adolescencia), que te sonreía pero que también te hacía ver que había límites que no podías pasar. Ahora los maestros lo tenemos difícil para ejercer así por dos razones fundamentales: no tenemos aquella capacidad intelectual, de humildad y de conocimientos que poseían aquellas personas del renacimiento, las cuales sabían de todo y mucho; y no tenemos el apoyo de las otras autoridades, las familias..

Pero no se preocupen, los adolescentes, por definición, buscan estos referentes autoritarios que les digan qué está bien y qué está mal. No quieren que les justifiquen ni que les perdonen, tampoco quieren un profesor que les de “la chapa” sobre un tema y no sepa contestarle cuando le hace una pregunta que nada tiene que ver. El problema es que sino somos las familias o la escuela, acaban encontrando estos referentes donde no deben, como dice la jueza Natalia Velilla, lo acaban encontrando en las celebritas, aquellas personas que casi lo único que tienen es su popularidad, que no destacan por su conocimiento ni por el acercamiento emocional, sino simplemente porque son famosas, que opinan de todo aun sin saber de nada, que difunden bulos y que en muchas ocasiones acaban haciendo daño a otros con tal de permanecer en la parte alta de los más vistos en redes sociales, televisión, etc.

De la autoridad que ejerzamos con nuestros hijos e hijas desde diferentes puntos de esta sociedad (familia o escuela), dependerá que sepan interpretar este mundo y convivir con sus iguales. Si no somos capaces de mostrarles las consecuencias de sus actos; Si el maestro no empieza a ejercer como tal: comprender, incentivar la curiosidad, respetar y no solo enseñar; pensarán que no hay consecuencias y tendremos verdaderos tiranos, perdidos, incapaces de manejar situaciones adversas por sí solos, infantiles, creyéndose en posesión de la verdad siempre.

Estas dos autoridades tenemos que ponernos a cambiar nuestra manera de tratarlos cuanto antes y a la vez. Yo ya lo he hecho...

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón

 

10 septiembre 2025

HABLANDO A LA PARED - SOLUCIÓN RÁPIDA

Lo quiero YAAA!: Libro infantil para niños y niñas. A partir de 6 – 7 años  : Hernández, A.P.: Amazon.es: Libros 

Cada vez que un centro escolar nos enfrentamos a un conflicto con alumnos: peleas, discusiones, falta de disciplina o una simple vagancia, es muy habitual que esos comportamientos e incluso peores se reproduzcan en sus casas.

 

Así encontramos chavales que desobedecen a sus padres, que le faltan al respeto a los mayores, que se niegan a estudiar y a hacer las tareas, tienen la habitación hecha un desastre, ignoran a todo el mundo de la casa salvo cuando quieren discutir, llevan la contraria en todo, nada les parece bien, desprecian incluso la comida,… en fin, una serie de comportamientos que básicamente definen a un adolescente.

 

Las familias quieren acabar con esto cuanto antes porque en muchas ocasiones las situaciones se hacen insoportables y buscan soluciones rápidas a problemas complejos, y ahí empieza el primer error ya que, al menos en psicología y por lo general, los problemas complejos solo se suelen resolver con soluciones poco sencillas y que llevan mucho tiempo. Para que se hagan una idea, el psiquiatra experto en adolescentes Jesper Jool decía que los problemas de un adolescente se solucionan en la infancia de este.

 

Sin embargo, estamos en una sociedad en la que todo tiene que ser inmediato: si quiero ver una serie la tengo en streaming para verla en ese preciso momento, el 40% de los españoles no cocinan nunca (la comida la quieren en el mismo instante), las compras por internet tienen que llegar al día siguiente, tengo todo el arte al alcance de un click en el móvil o en el ordenador, deseamos viajar cada vez más rápido para llegar cuanto antes nuestro destino, queremos adelgazar en un mes mejor que en dos, cada vez hay más gente que en vez de ver una película entera, solo ve un resumen de diez minutos en Youtube; si nuestros hijos aprenden a leer a los cinco años mejor que a los siete (a pesar de que ya se sabe que es mejor aprender a los siete) y, por supuesto, me tomo una pastilla que me haga efecto cuanto antes para impedir cualquier tipo de sufrimiento o dolor que me impida disfrutar de esta vida y de cada instante.

 

Cansados de escuchar el mismo mensaje de mucha gente sabia que nos dicen que hay que disfrutar de esta vida pero que el disfrute no es llegar antes, aprender antes, comer antes, ver la serie antes,… que el disfrute está en ese camino. Gandhi decía que no hay camino para la paz, que la paz es el camino; Michael Ende, en su libro Momo, nos advierte que intentamos ganar tiempo para luego matarlo en casa viendo la tele; hasta Confucio, hace la tira de años, escribió que la recompensa es el camino. Pues bien, como decía, parece que nos hemos cansado de todos estos mensajes y hemos decidido tomar el camino contrario: queremos todo ya, y que le den al camino.

 

Sin embargo aun hay cosas que se nos resisten a tenerlas ya, a sacarlas de su proceso natural para reducir el tiempo de espera de sus metas. Por ejemplo, nuestro cuerpo aun necesita dormir entre siete y ocho horas para estar en buenas condiciones y por mucho café que tomemos, nuestras capacidades no serán las mismas; leer un libro nos lleva un tiempo considerable y, aunque podemos encontrar resúmenes incluso en un minuto de tiktok, el placer de la lectura como tal requiere tiempo; si quieres que se te conceda un deseo mirando las lágrimas de San Lorenzo, inevitablemente tienes que estar un rato mirando el cielo sin nada más que hacer que “matar” el tiempo. Y como anunciaba al principio de este artículo, si quieres solucionar un problema con un adolescente ármate de paciencia y templanza porque no hay pastilla que valga ni terapia de una semana. Sin embargo sí que hay una cosa que podemos hacer y que erradicaría casi todos los problemas que tenemos con nuestros hijos en un instante: y es pensar que esos problemas no son tales y que únicamente obedecen a un comportamiento normal de un adolescente, pero esto es tema para otro artículo.

 

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón

31 enero 2025

HABLANDO A LA PARED – Bienvenidos a la selva


 

En un instituto hay de todo. Es una selva con mucho colorido de plantas que simplemente vienen a estar y poco más que respirar, hay animales salvajes, hay seres graciosos y otros que infunden un terror casi paralizante.

Hay lagartijas que merodean constantemente por el centro a una velocidad de espanto y que te puedes encontrar asomando en cada rincón, con esos movimientos sacádicos que no sabes muy bien qué están buscando o qué tramarán. 

Sus opuestos son los perezosos: su lentitud exaspera hasta a los profesores más pacientes, suelen llevar capucha para aislarse todo lo que pueden de los demás. Algunos, han evolucionado de tal manera que son capaces de anticiparse a lo que va a ocurrir y llegar puntuales a los sitios. 

Puedes encontrarte una manada de hienas pequeñas y escuálidas intimidando a un conjunto de ñus enormes pero pacíficos que son incapaces de ver que con un simple manotazo los mandarían al otro instituto.

Como no, están las serpientes silenciosas pero con las que hay que tener un cuidado extremo porque si no estás alerta muerden y envenenan en menos de un segundo.

Seres encantadores como Koalas a los que solo quieres abrazar y proteger del resto de animales salvajes.

Otro personaje que no puede faltar en la selva es el rey, el león que, al igual que éste, en el instituto también va infundiendo temor gracias a sus andares, ahuecamiento de brazos, mirada indiferente y seguido de un grupo de acólitos incondicionales que le siguen. El resto de animales se apartan y retiran la mirada a su paso con la esperanza de no ser la próxima víctima.

Hay pájaros que revolotean felices, cantando de árbol en árbol, ajenos a todo lo que pasa en tierra firme, únicamente pendientes de juntarse en cuanto puedan con otros seres como ellos.

Los más pequeños e insignificantes, esos que quieren pasar desapercibidos, esas hormigas trabajadoras que, por no tener, no tienen ni miedo a los grandes depredadores porque no saben ni que existen. Están ahí para hacer su hormiguero y punto.

Hay animales solitarios como los leopardos. Estos vagan por el instituto mostrando que saben lo que están haciendo en cada momento (aunque en su interior no sean conscientes ni del mes en el que viven), seguros, tranquilos, se te pueden acercar en cualquier momento y decirte algo inesperado que te descoloca.

Aunque para descolocar, los monos. Nunca sabes por dónde van a salir. Graciosos, inesperados, cansinos y agotadores. “Estaría genial tener uno de esos en casa” piensas, pero tan solo por un rato porque, más allá de los cinco minutos, te tirarías por la ventana.

Y todo esto y mucho más, encontramos en un instituto. A veces, lo difícil es saber y asumir cuál de todos estos personajes selváticos es nuestro hijo. Pero si quieren averiguarlo rápidamente, hagan un ejercicio relativamente sencillo: regresen a cuando iban al instituto e intenten identificarse con alguno de estos personajes, con bastante probabilidad su hijo o hija será muy similar porque, no nos engañemos, hay cosas que, por mucho que pasen los años, no cambian.

Quizás, en otra ocasión les hable de otro tipo de animales, el profesorado...

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón

 

05 enero 2025

HABLANDO A LA PARED - ¿Quién está educando a nuestros hijos e hijas? Primera parte.


Recientemente vivimos en el instituto una de esas situaciones que nos remueven, que nos hacen pensar que algo está fallando en la sociedad. Después de pasar por la sorpresa, el enfado y la indignación apareció la pregunta de ¿quién está educando a nuestro hijos e hijas?

Tradicionalmente se ha dicho que es la familia la que debe educar (aunque algunos ya sabemos que se educan en la calle). Pero esto no es así, y más cuando llegan a la adolescencia, donde entra en juego uno de los valores más importantes para ellos: la amistad. Y una tercera pata, o microsistema como diría Bronfenbrenner, es la escuela, donde, aunque solo sea por observación, ven comportamientos, actitudes y respuestas de todo el entramado que forma un centro educativo.

Hasta hace un tiempo muy poca gente se planteaba que pudiera haber algún otro factor tan importante como estos tres que acabo de mencionar en la educación de nuestros alumnos. Algún psicólogo loco o pedagogo iluminado ponía el grito en el cielo por las horas que pasaban nuestros hijos e hijas delante de la televisión. Sin embargo ya tenemos evidencias de que las pantallas no son todo lo sanas o cuanto menos inocuas que nos decían (recomiendo la lectura del libro de Michel Desmurget “La fábrica de cretinos digitales”), y cada vez vemos que entran más en juego las redes sociales (el teléfono móvil) con las que pasan más tiempo que con cualquiera de las tres patas de las que hablaba más arriba (los “amigos” de las redes no son AMIGOS).

Así que en la era digital ha entrado en juego una nueva variable que, sin lugar a dudas, está influyendo en la educación de nuestros alumnos y alumnas, mucho más que el profesor de historia o la profesora de plástica, y no digamos que sus padres y madres. Atrás han quedado los tiempos en que lo que más importaba en la vida era ser aceptado en un grupo de amigos (filiación grupal), ahora necesito el “me gusta” aunque eso me lleve a grabar a una “amiga” en situaciones comprometidas y subirlo a las redes. Buscábamos consejo en un amigo, en el padre de este, en una profesora que inspiraba confianza, en un tío y, sobre todo, en la sabiduría de los abuelos; ahora esos consejos nos los da TikTok y su algoritmo que nos dice cómo adelgazar sin pasar hambre, infinidad de razones para estar triste o para hacer daño.

El cerebro de nuestros alumnos y alumnas está creciendo y formándose ¿De verdad vamos a dejar a unos algoritmos que sean los que marquen el camino de su crecimiento neuronal? De esta influencia hablaré en otra columna.

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón

29 diciembre 2024

HABLANDO A AL PARED - Aquí empieza todo

Hablar de educación no me resulta sencillo. Para mucha gente puede parecer fácil hacerlo, sobre todo para esos “todólogos”,  como los llama Carlos Taibo, que inundan las tertulias de las radios y las televisiones y escriben columnas semanales en los más afamados periódicos.


Y entonces, se preguntarán ustedes: “si no le resulta sencillo ¿para qué escribe esta columna?” Pues porque me apetece contarles cómo ve la educación un sencillo docente que lleva veinte años en la profesión y no ha sabido desligar el contenido de los libros de los problemas del alumnado, que no distingue el estar con un alumno en clase o en la calle, que los problemas familiares son también sus problemas, que en una evaluación habla de las notas como habla del sufrimiento y del cariño, que un profesor o profesora es algo más que un compañero de profesión porque tenemos los mismos objetivos, muy alejados de apretar un simple tornillo.


La RAE dice muchas cosas cuando buscas la palabra “educación” o “educar”, les animo a que lo hagan. Pero para mí, y para muchos docentes, educar no es solo transmitir unos conocimientos que yo tengo a unos chiquillos que no los tienen. Esta parte es muy importante, tanto para ellos como para la sociedad: imaginen si no les explicáramos cómo sabemos que la tierra es más o menos esférica, seríamos todos terraplanistas y creeríamos que nuestro planeta va a lomos de una tortuga gigante (como relata Pratchett en mundodisco). 


Pero hay más, mucho más: son horas y horas con ellos, en algunos casos incluso, por desgracia, más que con su familia, hay juegos, miradas, discusiones acaloradas, incluso abrazos, silencios, palabras bonitas o malsonantes, hay perdones, arrepentimientos,… en fin, hay convivencia. Muchas veces esa parte se nos olvida que está ahí, no se evalúa ni se le da importancia, sin embargo les hace crecer como personas mucho más incluso que el Máximo Común Divisor.


Y por eso esta columna, porque la educación es algo más que instruir en contenidos a sus hijos e hijas, y poco a poco les desvelaré qué es esto de educar, qué cosas pasan dentro de un centro educativo y por qué tenemos que empezar a darle mucha más importancia y por lo tanto comenzar a colaborar todos los agentes sociales que les rodean. Solo espero no estar hablando a la pared.

NOTA: Este artículo se publica en el periódico gratuito "la afluencia del jalón"